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Opinión | Escalera hacia el cielo

Nah

Para cambiar el mundo sólo se necesita una Rosa Parks. El cambio empieza en un bus o en pueblo de Zamora

Foto policial de Rosa Parks en la oficina del sheriff de Montgomery el día de su arresto

Foto policial de Rosa Parks en la oficina del sheriff de Montgomery el día de su arresto / Condado de Montgomery

Eran tiempos difíciles analizados bajo el prisma actual. Tiempos sin resiliencia, procrastinación o gestión emocional, tampoco drogas duras recetadas como caramelos para la tos ni generaciones de cristal. Tiempos muy jodidos en los que cada uno era su propia ayuda psicológica.

Corría el año 1955. Junto a la segregación racial en los espacios públicos y la prohibición expresa de acceder a los privados, con carteles que advertían de "No perros", "No negros", "No irlandeses", "No judíos", imperaba un perverso biopoder que incitaba a infringir las normas.

A pesar de la multa. A pesar de la posibilidad de dar con los huesos en prisión. A pesar de los monstruos con capucha blanca y el Stranger fruit de Billie Holiday. Un biopoder repugnante contra el que merecía la pena pelear, aun a riesgo de acabar siendo asesinado incluso siendo el Reverendo más recordado de la historia.

"No estaba más cansada físicamente de lo normal", confesaría Rosa Parks, aquella costurera anónima de Montgomery, estado de Alabama, que dejó de serlo para convertirse en leyenda. "Tampoco era una anciana, tenía 42 años", añadió. "Pero estaba harta de ceder. Cuanto más obedecíamos, peor nos trataban".

Aquel 1 de diciembre, Rosa Parks se sentó en la zona reversible del autobús. La de atrás estaba destinada a los negros, la de delante a los blancos. Los asientos de en medio podían ser utilizados por ambas razas, pero en caso de estar ocupados y entrar un blanquito, la ley sentenciaba que los morenos debían levantarse.

Ella se plantó, dijo No, en inglés Nah, y asumió las consecuencias de su rebeldía.

Pagó 14 dólares de sanción y acabó en el calabozo sin imaginar las repercusiones que tendría su valiente gesto. El pastor Martin Luther King llamó al boicot contra los autobuses públicos y los negros de todo el país dejaron de usarlos. Boicot que duró casi cuatrocientos días provocando unas inasumibles pérdidas que llevaron a la compañía a anular la aplicación de la norma. Boicot que terminaría con la Corte Suprema declarando que la segregación racial es contraria a la Constitución norteamericana.

Todos somos una Rosa Parks en potencia, capaces de cambiar el mundo diciendo No. También el Michael Douglas de Día de furia, si no lo logramos. Pero si me das a elegir, me quedo con una larga vida como nonagenaria activista ante que morir víctima de un virulento ataque de amok. Y eso que ser Rosa Parks no es el camino fácil. Ser el diferente, el rarito, la oveja negra no es cómodo. Al contrario. Los otros te señalan con el dedo y te vituperan, se burlan, hacen mofa. Los tuyos te suplican que des marcha atrás, que no te signifiques ni llames la atención, que te sometas y obedezcas. Como en la mili.

"No debes tener miedo cuando lo que haces es lo correcto", explicaba Rosa Parks. Y es que lo incomprensible es no decir No, en inglés Nah. ¿Macrogranjas? Nah. ¿Plantas de biogás? Nah. ¿Hidrógeno verde? Nah. ¿Biomasa? Nah. ¿Minería a cielo abierto? Nah. ¿Intensificación de la agricultura? Nah. ¿Centros de datos? Nah. ¿Macrorrenovables? Sí, pero no así.

Si en verdad generaran tanto desarrollo y revitalización se instalarían en la ciudad.

Lo imposible de entender es aceptar una vida anodina, insulsa y pusilánime. Una vida sin salirse del aprisco mental trazado por un biopoder corrupto, nauseabundo. Contentarse con una existencia puramente biológica: comer, dormir, consumir, votar, ver el eclipse del 12 de agosto… Una vida sin espíritu crítico, examen de conciencia, ni capacidad reflexiva. Una vida en stand by. Una vida sin vida.

Para cambiar el mundo sólo se necesita una Rosa Parks. El cambio empieza en un bus o en un pueblo de Zamora.

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