Opinión | Cuzeando en la Ciencia
¿A qué huele tu infancia?
Es extraordinario. Pensamos que recordamos con la cabeza, pero muchas veces empezamos recordando con la nariz. Quizá por eso julio no solo se ve. Julio, sobre todo, se huele.

Olfato, oler, niño, flores campo, cesped / FLICKR/JUHANSONIN/CCBY - Archivo
Hay cosas que llegan sin pedir permiso. Basta con abrir la puerta de casa al caer la tarde. O pasear por un camino entre rastrojos. De repente aparece ese olor a paja recién cortada, a tierra caliente, a tomillo seco, a higuera o a un campo que lleva horas recibiendo el sol de julio. Y, sin saber muy bien cómo, uno deja de tener la edad que marca el DNI.
Vuelve a ser un niño. Siempre me ha llamado la atención la fuerza que tienen los olores. Una fotografía puede hacernos recordar un momento. Una canción puede despertar una emoción. Pero un olor... un olor tiene algo distinto. No parece un recuerdo. Parece un viaje.
Y, curiosamente, la ciencia sabe bastante bien por qué ocurre. De todos nuestros sentidos, el olfato es el único que tiene una conexión casi directa con las regiones del cerebro encargadas de las emociones y de la memoria. Mientras la información visual o auditiva hace varias "paradas" antes de llegar a esas zonas, los estímulos olfativos toman un camino mucho más corto. Alcanzan con rapidez estructuras como la amígdala y el hipocampo, dos pequeñas regiones cerebrales fundamentales para almacenar recuerdos y darles un significado emocional.
Por eso un simple aroma puede hacer en un segundo lo que a veces no consigue una conversación de una hora. No recordamos el olor. Recordamos la vida que había alrededor de ese olor. Quizá por eso julio tiene un perfume tan especial en una provincia como la nuestra.
Huele a cereal recién segado, a polvo levantado por un tractor, a una tormenta que amenaza desde la sierra, a sandía recién abierta, a las primeras moras del camino, a una bodega fresca donde el calor parece quedarse siempre en la puerta. Huele a pueblos. Y creo que esa palabra tiene mucho que ver con todo esto.
Porque, para muchos zamoranos, la infancia no transcurrió únicamente en una casa. Transcurrió en un pueblo. En unas vacaciones que parecían no terminar nunca, en tardes interminables montando en bicicleta, en la plaza cuando empezaba a refrescar o en una era donde el tiempo parecía avanzar mucho más despacio que ahora.
Lo curioso es que esos recuerdos no permanecen guardados como una película perfectamente ordenada. Nuestro cerebro no funciona como un archivo donde cada experiencia ocupa una carpeta distinta. Reconstruye continuamente el pasado. Lo recompone. Lo rellena con emociones, con pequeños detalles y, a veces, con un poco de imaginación. Por eso la nostalgia no consiste solo en recordar. Consiste, sobre todo, en volver a sentir.
Y los olores son expertos en esa tarea. Existe incluso un fenómeno muy conocido en neurociencia que recibe el nombre de "efecto Proust", porque el escritor francés Marcel Proust describió magistralmente cómo el aroma de una magdalena mojada en té era capaz de devolverle de golpe a su infancia. Mucho antes de que existieran las resonancias magnéticas, la literatura ya había descubierto algo que hoy la ciencia confirma.
El olfato abre puertas que creíamos cerradas. Quizá por eso, cuando caminamos una tarde de julio entre campos ya cosechados, sentimos algo difícil de explicar. No echamos de menos únicamente aquellos veranos. Echamos de menos a las personas que los compartieron con nosotros. A los abuelos que ya no están. A los amigos con los que bastaba un balón para llenar una tarde. A un mundo en el que el reloj parecía tener menos prisa.
Y, sin embargo, hay algo esperanzador en todo esto. Porque esos recuerdos no desaparecen. Permanecen escondidos, silenciosos, esperando que una molécula diminuta llegue hasta nuestra nariz para despertarlos otra vez. Unas pocas partículas flotando en el aire son capaces de recorrer apenas unos centímetros y desencadenar una auténtica tormenta eléctrica en nuestro cerebro. Millones de neuronas comienzan entonces a trabajar al mismo tiempo para reconstruir un lugar, una voz o una emoción que creíamos olvidados.
Es extraordinario. Pensamos que recordamos con la cabeza, pero muchas veces empezamos recordando con la nariz. Quizá por eso julio no solo se ve. Julio, sobre todo, se huele.
Y puede que, sin darnos cuenta, ahí resida una de las formas más hermosas que tiene la ciencia de recordarnos quiénes fuimos y por qué nunca dejamos del todo de ser aquel niño que corría por un pueblo de Zamora cuando el verano parecía eterno.
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