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Opinión

Toño García

Toño García

Gestor de activos y divulgador financiero

Lo que el juego de la oca nunca enseñó sobre las finanzas personales

"El patrimonio suele ser el reflejo de cientos de decisiones tomadas a lo largo del tiempo, no de una sola, sino de muchas"

Lo que el juego de la oca nunca enseñó sobre las finanzas personales

Lo que el juego de la oca nunca enseñó sobre las finanzas personales

Hay juegos que obligan a pensar cada movimiento y otros en los que la suerte tiene mucho que decir. Luego está el Juego de la Oca, que juega en otra liga. Su gracia reside precisamente en que el jugador no decide nada: simplemente se limita a lanzar el dado y acepta lo que venga. No importa la experiencia, la intuición o la capacidad para anticiparse. Si la tirada lleva a una oca, se avanza. Si aparece el puente, se cruza. Si toca el pozo, hay que esperar. Si la casilla es la cárcel, no queda más remedio que permanecer allí hasta que las reglas permitan continuar. Todo está escrito de antemano. El tablero marca el camino, el dado dicta el destino y el jugador se limita a cumplir las instrucciones.

Por eso resulta tan distinto de otros juegos. En el ajedrez cada movimiento abre nuevas posibilidades. En las damas, un paso en falso puede echar por tierra una partida magnífica. En el mus, saber cuándo envidar, pasar o echarse atrás forma parte de la estrategia. En el tute, elegir qué carta jugar o cuándo guardar un triunfo puede decidir la partida. Incluso en el parchís, donde el azar tiene un peso evidente, siempre aparece un momento en el que hay que decidir qué ficha mover, cuál proteger o cuándo asumir un riesgo. En el Juego de la Oca no existe ese instante. No hay estrategia que perfeccionar ni experiencia que permita hacerlo mejor la próxima vez. Todo depende de la fortuna.

Y, curiosamente, muchas personas administran su dinero como si la vida funcionara del mismo modo. Esperan que el tiempo vaya colocando cada cosa en su sitio. Confían en que el sueldo aumente, en que la pensión llegue sin sobresaltos, en que el valor de la vivienda siga creciendo o en que la economía acompañe. Mientras tanto, dejan pasar los años convencidas de que no hacer nada es la forma más prudente de actuar. Posponen decisiones porque creen que siempre habrá otra oportunidad o porque piensan que, si no se mueven, al menos evitarán equivocarse.

Financieramente hablando, ocurre justo lo contrario, por lo que las finanzas se parecen muy poco a ese tablero. El patrimonio suele ser el reflejo de cientos de decisiones tomadas a lo largo del tiempo, no de una sola, sino de muchas. Ahorrar con regularidad, gastar por debajo de las posibilidades, invertir con criterio, asumir una deuda cuando tiene sentido, rechazarla cuando no lo tiene, diversificar o seguir aprendiendo. Cada elección parece pequeña cuando se toma, pero vista con perspectiva, acaba teniendo un peso enorme.

Es verdad que hay factores que nadie controla. Nadie puede elegir la familia en la que nace, evitar una recesión o saber cuándo llegará la siguiente crisis. Tampoco depende de uno la evolución de los mercados, la inflación o los tipos de interés. El azar existe y siempre tendrá un papel. La diferencia está en convertirlo en un compañero de viaje o dejar que sea quien lleve el volante.

Esa es, probablemente, una de las mayores enseñanzas que ofrece la educación financiera. No promete eliminar la incertidumbre ni permite adivinar el futuro, lo que hace es ayudar a tomar mejores decisiones cuando el futuro todavía es incierto. Ahorrar de forma constante, invertir con paciencia, diversificar el patrimonio o preparar la jubilación no garantizan el éxito, pero aumentan considerablemente las probabilidades de alcanzarlo.

Hay, además, un error muy frecuente. Pensar que no decidir es mantenerse al margen. En realidad, sucede justo lo contrario. Dejar el dinero parado en una cuenta mientras la inflación reduce su poder adquisitivo es una decisión. Retrasar indefinidamente una inversión por miedo a equivocarse también lo es. Renunciar a aprender porque las finanzas parecen demasiado complejas tiene igualmente un coste. Cuando uno no decide, las circunstancias acaban decidiendo por él.

Quizá por eso el Juego de la Oca solo funciona como entretenimiento y es apto para todos los públicos. Allí es lógico dejar que el dado marque el camino porque esa es la esencia del juego. La vida financiera, en cambio, exige otra actitud. Obliga a elegir, a asumir responsabilidades y a convivir con la incertidumbre sabiendo que cada decisión, incluso las más discretas, va modelando el patrimonio del mañana.

La prosperidad casi nunca llega gracias a una tirada afortunada. Suele aparecer después de muchos años tomando decisiones sensatas, aprendiendo de los errores y manteniendo el rumbo cuando resulta más fácil abandonarlo. Esa, al fin y al cabo, es la diferencia entre confiar el futuro al azar o construirlo paso a paso. Es la brecha entre el que ahorra y el que no; y es, también, la brecha entre el que solo ahorra y el que invierte. Guardar el dinero bajo el colchón frena el impacto del presente, pero congela el patrimonio. En un entorno económico dinámico, la verdadera salud financiera no consiste en retener el capital, sino en saber movilizarlo de forma estratégica para que crezca al mismo ritmo que nuestras aspiraciones. n

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