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Opinión

Cuando el gato no está, los ratones bailan

"El gran gato no sabe, no conoce, no recuerda, no le consta y hasta sus más cercanos ratones pasan a ser ese ratón del que usted me habla, o ese ratón para mí era un auténtico desconocido"

Cuando el gato no está, los ratones bailan.

Cuando el gato no está, los ratones bailan.

Los refranes van poco a poco cayendo en desuso y no porque, como defiende más de uno, sean un signo de falta de cultura, o de capacidad argumentativa, sino por ignorancia. En cualquier caso, ahí están y ahí está su enseñanza, siempre camuflada con una mezcla de sabiduría popular y metáfora, que no es mala conjunción cuando al acerbo del pueblo se le añade la literatura y, si no, acérquense a El Quijote, tan poco leído como citado. Este refrán en cuestión hace referencia a que, cuando está ausente quien ha de gobernar o supervisar, los subordinados pueden acabar incumpliendo sus obligaciones.

Si esta columna tratase sobre la autoridad en los liderazgos empresariales, el refrán generaría mucha polémica, empezando por el hecho de que mal líder es quien hace depender el buen funcionamiento de su empresa de su presencia, vigilancia y dirección. Pero, como no es el caso, el refrán viene más que a cuento para hacer una reflexión sobre la corrupción en el ámbito político, que la estamos asumiendo ya como un mal endémico de nuestra democracia y que, por mi parte, no me resigno a limitarme a contemplar y lamentar el espectáculo sin una crítica cargada de ironía.

Porque el caso en este ámbito es que cuando el gato no está, los ratones bailan y birlan a manos llenas y eso que, democráticamente, vamos cambiando de gato; pero ni por esas, por mucho que cada gato sea de procedencia distinta. Pero el asunto es aún más lamentable cuando observamos que mientras los ratones bailan y birlan el gato está presente y cómo de presente. Porque todos los gatos que hemos visto en estas décadas de democracia, a pesar de tener muy distinto pedigrí, comparten su omnipresencia, como el Larry del 10 de Downing Street, y su exhibición de que no hay nada que se les pase por alto en su organización y no digamos en su gobierno.

A pesar de esta exhibición de estar en todo, delante de sus narices los ratones bailan y birlan y cuanto más se jactan de su poder felino más bailan y birlan los roedores de y a su alrededor, que lo mismo montan un grupo terrorista que hacen leyes para robar, o roban sin más y para sí, o nos pasan a todos sus facturas de jaranas. Y cuando salta el escándalo, nunca por una intervención audaz y eficaz del gran gato todopoderoso de turno, nuestro felino elegido entre otros porque considerábamos que con este sí que los ratones iban a ir bien jodidos y se les iba a acabar el cachondeo y la desfachatez, resulta que, haciendo honor al resto de gatos que le precedieron, da las mismas respuestas que ya dieron los otros, como si hubiese un vademécum gatuno para la corrupción. El gran gato no sabe, no conoce, no recuerda, no le consta y hasta sus más cercanos ratones pasan a ser ese ratón del que usted me habla, o ese ratón para mí era un auténtico desconocido. Y lo sueltan así, sin mover un solo bigote ni que al menos una oreja se le doble de vergüenza.

Los que contemplamos este monipodio, este convenio de asociados para delinquir, sin la gracia ni calidad del cervantino patio de Monipodio, nos hacemos una pregunta. ¿Cómo es posible tanto ratón bailando y birlando con esos gatos tan inteligentes, honrados, controladores y poderosos (incluso a alguno le han llamado "súper héroe de la dignidad", entre otras cosas)? A mí solo se me ocurren dos respuestas. Que nuestros gatos sean quienes organizan y lideran los desmanes de los ratones bailongos y rateros, vamos, que son los gatos los que ponen la letra y la música de la danza ratonil y su latrocinio; o que nuestros gatos sean, a pesar del pedigrí con el que los pusimos a gobernar, tontos absolutos y para siempre, unos zangolotinos sin posible redención porque ya no tienen edad para ello. En otras palabras, que los gatos que hemos puesto para evitar que los ratones bailen y roben son tan idiotas que ni siquiera escuchan el baile y birle de los roedores que les rodean.

No queda mucho para que otra vez optemos entre mantener al gato actual, por aquello de que más vale lo malo conocido, o elegir un nuevo gato, con otro pedigrí, aunque ya conocido, el octavo, que, como sus predecesores, dice que con él los ratones no van ni a bailar. La verdad es que tengo poca fe y me temo que, de cambiar, volvamos a tener otro Garfield, quien, como todos sabemos, no caza ratones.

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