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Opinión | La palabra

Sor Concha

Trigo-cizaña, mostaza, levadura... metáforas de tiempos

Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? (Mt 13, 27)

El bien no siempre avanza de forma visible ni inmediata. A veces empieza tan anónimo, que nadie lo nota; actúa por dentro, en silencio, mucho antes de que se vea el resultado.

Variedades de trigo barbilla impulsadas a través del proyecto europeo Transcolab Plus

Variedades de trigo barbilla impulsadas a través del proyecto europeo Transcolab Plus / Molinos del Duero

La cizaña es una mala hierba parecida al trigo, cuya harina es tóxica. Las raíces de ambas gramíneas, bajo tierra, se entrelazan. Arrancar una antes de tiempo, saca también la otra. La semilla de mostaza es minúscula, milímetros que pueden convertirse en arbusto de metros. La levadura se introduce en la masa, desaparece, pero hace crecer la mezcla inusitadamente para alimentar a muchos.

Tres imágenes significativas para nuestras urgencias: ¿por qué el bien no termina de imponerse? ¿Por qué seguimos observando el mal en general, en nuestras comunidades, en nosotros mismos? ¡Todo tan a medias! Queremos resultados ¡ya!: la reforma que arregle todo de una vez, el enemigo identificado y eliminado, el grupo purificado de quien no piensa como nosotros...

Es frecuente querer "limpiar" el mundo, la Iglesia, el propio partido, la familia, eliminando al que nuestra intransigencia considera cizaña ideológica, religiosa o moral.

Hoy el evangelio resalta la paciencia activa sin renunciar al discernimiento, y sin arrogarse el juicio definitivo. La separación última tiene su momento, pero no nos toca a nosotros decidir cómo o cuándo.

Caemos en la cuenta de nosotros mismos a ritmo distinto. Hay quien entiende a los veinte años algo que a otro le lleva cuarenta. Conocerse depende de circunstancias vividas, de silencios atravesados, de personas que aparecieron o no en el momento justo. La cizaña trenzada con el trigo –el bien y el mal mezclados sin poder separarlos de golpe– se dan también interiormente: nadie nace ya purificado de sus propias contradicciones, y el tiempo que lleva reconocerlas no es uniforme ni comparable entre personas. Quien ha experimentado lo lenta e irregularmente que madura, siente menos derecho a exigir velocidad de comprensión para aquello que tanto a sí mismo ha costado. No podemos arrancar de un tirón en el otro lo que no termina de entenderse, aclararse, desarrollar...

El bien no siempre avanza de forma visible ni inmediata. A veces empieza tan anónimo, que nadie lo nota; actúa por dentro, en silencio, mucho antes de que se vea el resultado. Tanto en la vida personal, como para cualquier intento de transformación social, lo pequeño y fiel, sin garantía de visibilidad, suele tener un alcance inadvertido enseguida.

El tiempo de Dios –diferente al nuestro– se va comprendiendo también a través de la propia experiencia de espera, de pérdida, de procesos que no se resolvieron cuando queríamos. Hay quien intuye esa otra escala temporal, divina, muy joven, quizás por sufrimiento temprano; hay quien tarda toda una vida en dejar de exigir a Dios explicaciones o acciones contundentes. Él suele funcionar en nosotros como levadura.

Sí, hay comportamientos malignos que no son simple "mezcolanza que crece despacio": crueldad gratuita, daño a inocentes, maldad sin explicación posible incluso otorgando todo el tiempo del mundo... Hay mal(es) que excede(n) nuestra capacidad de juicio y comprensión.

Cabe confiar el sentido último de un dolor irremediable a Dios; a la vez que oponernos, con toda la fuerza posible, a la injusticia visible, denunciarla, y repararla, curarla, donde se pueda. Aplicamos así nuestro granito de mostaza, el mejor trigo y levadura buena.

Creyendo –o queriendo creer– que existe una verdad última sobre cada vida, sobre cada elección entre bien y mal. Certeza que no queda(rá) perdida en el olvido del tiempo. n

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