Opinión | El espejo de tinta
Tienen una pistola
"Con Roldán se demostró cómo el poder político puede corromperlo todo pero ni era un hombre de honor ni un Guardia Civil. Más grave, traidor e ignominioso es el comportamiento del actual DAO y de su número dos"

Manuel Llamas, DAO de la Guardia Civil: "No tengo ningún motivo para dimitir"
Uno de los ritos que unen culturas, de oriente a occidente, y tiempos a lo largo de la historia es el del suicidio por honor. Los más emblemáticos, en la antigua Roma y el Japón feudal. Usar el veneno para la muerte dulce o la daga para cortarse las venas o abrirse el vientre en gesto estoico, han servido para limpiar la deshonra del propio nombre, el de la familia o el del clan. De Séneca en el año 65 de nuestra era al escritor japonés Mishima en 1970.
Si existe en España una institución que lleva el honor en lo más profundo de su esencia fundacional, en su himno y en su lema, es la Guardia Civil. El honor es su divisa, no son solo palabras sino un credo del que los miembros de la benemérita -mi padre lo fue- han hecho gala por encima de cualquier otra consideración desde su fundación por el Duque de Ahumada en 1844.
Que como en toda institución colectiva de vez en cuando aparezcan algunas ovejas negras no va en demérito sino en su refuerzo si, lejos de mirar para otro lado o dejarse llevar, la organización se depura, se limpia y se purifica marcando con el oprobio a quienes deshonrándose a sí mismos traicionan su uniforme y juramento de lealtad.
Con Roldán se demostró cómo el poder político puede corromperlo todo pero ni era un hombre de honor ni un Guardia Civil. Más grave, traidor e ignominioso es el comportamiento del actual DAO y de su número dos, el Teniente General Castillo a quien hemos escuchado estos días en unas grabaciones en las que acredita que no es uniforme sino disfraz lo que viste. Ninguno de los dos es digno de llamarse Guardia Civil y mucho menos de tener el mando sobre un solo miembro del instituto armado.
En Japón, donde el ritual del suicidio por honor alcanza su máximo refinamiento, se utilizan dos palabras para referirse a él: "harakiri", que pone el énfasis en la acción de abrirse el vientre y "seppuku", que evoca el conjunto de un ritual solemne de purificación a través de la muerte. Claro que para eso, como para dimitir, se requiere tener honor, aunque sea poco. Canta Christina Rosenvinge: "Tengo una pistola por si un día todo falla, en vez de hacer la cola poder saltar la valla".
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