Opinión | Siete días y un deseo
¿Quién se llevará el gato al agua?
" Y entonces me pregunté si Dios andará metido en estas cosas. Si contemplará con interés una final del Mundial o sonreirá al comprobar cómo una simple pelota es capaz de detener medio planeta durante noventa minutos. "
Hoy es uno de esos días en los que el mundo parece detenerse alrededor de un balón. "¡Ay, la selección! Nunca había visto algo igual: camisetas rojas por aquí, camisetas blancas por allá. Todo el mundo lleva la de nuestro equipo, incluso aquellos que no entienden nada del deporte rey", comentaba el otro día una chica en el bar donde seguí, a prudente distancia del televisor, la victoria de España frente a Francia. Mientras hablábamos, le dije que no hacía falta que me confesara con quién iba. Pero lo hizo: "España, por supuesto. Yo soy española y muy española". Su respuesta me sonó inevitablemente al Mariano Rajoy de los españoles "muy españoles". ¿Lo recuerdan? Bueno, dejémoslo ahí, que no está el horno para bollos. Porque el fútbol, como la política o la religión, tiene esa extraña capacidad de dividir a la gente. La conversación dio entonces un giro inesperado cuando me contó que un familiar suyo no quería que España ganara el Mundial. "¿Y eso?", pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta. No me equivoqué: es tan madridista que no soporta ver a la selección plagada de jugadores del Barcelona. Hay pasiones que ni siquiera un Mundial consigue reconciliar.
Desde el martes no dejamos de hacernos la misma pregunta: ¿quién se llevará el gato al agua? Basta encender la radio para comprobarlo. "Hagan apuestas, señoras y señores", animaba el conductor de un programa radiofónico el viernes por la noche. Unos daban favorita a Argentina; otros pensaban que España llegaba en mejor momento; algunos pronosticaban un 2-1 a nuestro favor; otros, que si Argentina acabaría imponiéndose en la tanda de penaltis. Así estuve más de treinta minutos, hasta que, ya aburrido de tantos pronósticos nocturnos, cambié de emisora. Pero tampoco allí hubo suerte: volví a encontrar el mismo debate. Al final acabé refugiándome en la música clásica. Quería dormir en paz y que fuera lo que Dios quisiera. Y entonces me pregunté si Dios andará metido en estas cosas. Si contemplará con interés una final del Mundial o sonreirá al comprobar cómo una simple pelota es capaz de detener medio planeta durante noventa minutos. Hice más preguntas en voz baja, pero no encontré ninguna respuesta.
Como buen futbolero, deseo que gane España. Pero, más allá del resultado, esta final encierra una historia igualmente apasionante. No solo se enfrentarán dos selecciones —¡ojo con el lenguaje militar en el deporte!—, sino también dos entrenadores ante los que no queda más remedio que quitarse el sombrero. Que Luis de la Fuente cite a Marco Aurelio o a Julio César en sus comparecencias me parece maravilloso. Hace unos días recordó una máxima del emperador filósofo: "Lo que no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja". Una reflexión que trasciende el fútbol y habla de la importancia del bien común. ¡Casi nada! Al otro lado estará Lionel Scaloni, que se reencontrará con quien fue su profesor durante el curso de entrenadores. El seleccionador argentino ha construido un grupo basado en la empatía, la cercanía y la transparencia, convencido de que el talento individual solo alcanza su plenitud cuando se pone al servicio del colectivo. No parece una mala receta para dirigir un equipo... ni una sociedad.
Ahí estarán, maestro y alumno, frente a frente. Una final de un Mundial, noventa minutos, una copa... ¿Se puede pedir más? n
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