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Opinión | CuZeando en la Ciencia

¿Por qué rendimos menos con calor?

Aunque apenas representa un dos por ciento de nuestro peso corporal, el cerebro consume alrededor del veinte por ciento de la energía del organismo

Trabajador en un día de calor.

Trabajador en un día de calor. / Oscar Bayona / RG7

Estos días basta con salir a la calle a media tarde para comprobarlo. Cuesta caminar. Cuesta pensar. Y, si somos sinceros, también cuesta trabajar. Muchas veces lo atribuimos a la pereza. "Con este calor no hay quien haga nada", solemos decir. Pero la realidad es bastante más interesante. No se trata de falta de voluntad. Es biología. Y también es física.

Nuestro cuerpo funciona como una máquina extraordinariamente eficiente, pero por encima de cualquier otra tarea tiene una obsesión. Mantener la temperatura interna cerca de los 37 grados. Todo lo demás puede esperar.

Cuando el ambiente se vuelve demasiado caluroso, el organismo activa un auténtico dispositivo de emergencia. Aumenta el flujo de sangre hacia la piel para disipar calor, comenzamos a sudar, el corazón trabaja más deprisa y el cerebro dedica una parte creciente de sus recursos a evitar que la temperatura corporal siga aumentando.

Toda esa energía tiene que salir de algún sitio.Y sale, entre otras cosas, de nuestra capacidad para concentrarnos. Diversos estudios llevan años observando un fenómeno muy llamativo. La productividad no aumenta indefinidamente con la temperatura. Ocurre justo lo contrario. Existe un intervalo relativamente estrecho en el que nuestro rendimiento alcanza su máximo y, a partir de ahí, comienza a disminuir. En trabajos de oficina, muchas investigaciones sitúan ese punto óptimo alrededor de los 21 o 22 grados. Cuando el termómetro sigue subiendo, el rendimiento cae de forma progresiva. A 30 grados, algunos estudios estiman pérdidas cercanas al 9 % respecto al rendimiento máximo.

No es casualidad. Es termodinámica. En física aprendemos que la energía no aparece por arte de magia. Si el organismo tiene que invertir más energía en refrigerarse, necesariamente dispone de menos para otras funciones. Igual que un coche que asciende un puerto de montaña consume más combustible para mantener la misma velocidad, nuestro cuerpo consume más recursos para mantener su equilibrio interno cuando el calor aprieta.

El cerebro tampoco escapa a esa realidad. Aunque apenas representa un dos por ciento de nuestro peso corporal, consume alrededor del veinte por ciento de la energía del organismo. Es un órgano extraordinariamente exigente y también muy sensible a los cambios de temperatura. Cuando el calor aumenta, aparecen antes la fatiga mental, los errores de atención y la dificultad para tomar decisiones. Dormimos peor, descansamos menos y al día siguiente rendimos todavía menos.

Quizá por eso nuestros abuelos organizaban las jornadas de otra manera. Sin conocer la fisiología ni la termodinámica, sabían perfectamente que segar a las cuatro de la tarde era una mala idea. Madrugaban, descansaban en las horas centrales y retomaban el trabajo cuando el sol empezaba a perder fuerza. No era una costumbre caprichosa. Era adaptación. La ciencia simplemente ha puesto números a una intuición que llevaba siglos funcionando.

Todo esto tiene además una consecuencia económica que pocas veces comentamos. El calor no solo afecta a nuestra comodidad. También reduce la productividad y aumenta el riesgo de accidentes laborales, especialmente en trabajos físicos o al aire libre. La Organización Internacional del Trabajo lleva años advirtiendo de que el estrés térmico tendrá un impacto creciente sobre millones de trabajadores en todo el mundo.

Quizá la próxima vez que alguien diga que "con este calor no hay quien trabaje", convenga darle la razón. No porque el calor nos vuelva más perezosos. Sino porque, sencillamente, nos vuelve más humanos.

La física no entiende de calendarios ni de vacaciones. Solo de energía. Y cuando el verano aprieta, una parte importante de esa energía deja de emplearse en producir para dedicarse a algo mucho más importante.

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