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Opinión

Manuel Mostaza Barrios

Manuel Mostaza Barrios

Sociólogo y politólogo

Geopolítica del mundial: del espejismo del fracaso asiático al mundo que viene

Un espectáculo de drones por la final del Mundial ilumina el cielo de Nueva Jersey

Un espectáculo de drones por la final del Mundial ilumina el cielo de Nueva Jersey

El primer mundial de 48 equipos termina como todos los demás: con un abrumador dominio europeo, al que se suma la potencia del fútbol iberoamericano. De todas las confederaciones que compiten en el campeonato, la europea ha vuelto a ser la más competitiva: estuvo presente en todos los partidos de cuartos de final y, por ello, ha colocado a tres de sus equipos entre los cuatro semifinalistas. Es verdad que es la que más equipos aporta, un total de 16, lo cual supone otra constatación del evangélico efecto Mateo ("al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará"). Buen papel también de las selecciones sudamericanas que compiten ocupando las plazas de la CONMEBOL; de las seis selecciones que participaron, únicamente Uruguay (o tempora, o mores) cayó en primera fase y, quitando a Ecuador, logró meter el resto -cuatro equipos- en octavos de final.

Geopolítica del mundial: del espejismo del fracaso asiático al mundo que viene

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El resto de las confederaciones han fracasado, pero no todas lo han hecho de la misma manera. África, que logró colocar a diez selecciones en el campeonato (nueve por derecho y el Congo a través de la repesca), hizo una magnífica primera fase (nueve equipos pasaron adelante) pero ahí se toparon con el muro de las eliminatorias, y apenas uno de los nueve, Marruecos, logró llegar a cuartos de final. No solo aportó a una de las sensaciones del torneo, la debutante Cabo Verde, capaz de empatar con España y llevar a la prórroga a Argentina, sino que dejó muy buenas sensaciones en equipos como Costa de Marfil y la RD Congo, que pusieron en aprietos a Noruega e Inglaterra, lo mismo que un Senegal que rozó el pase con los dedos antes de caer con Inglaterra. Aunque sigue teniendo un techo de cristal en las eliminatorias, la competitividad que le da a sus equipos el estar compuesto por jugadores formados en Europa o que juegan en las grandes ligas del continente es un plus de competitividad que les hace crecer campeonato a campeonato. Muchos de estos Estados, fracasados como proyecto y condenando a millares de jóvenes marroquíes o argelinos a la emigración, están haciendo a través del fútbol una labor de blanqueamiento deportivo (sportswashing) de la que deberíamos hablar más en Europa -sobre todo los medios de comunicación-, pero ya sabe el lector que es de mala educación hablar con la boca llena.

En la tabla de los mediocres sigue instalada la CONCACAF, que esta vez partía con seis equipos, los tres anfitriones junto con Curazao, Haití y Panamá (los cuales cayeron en la primera ronda). Meritoria actuación de los canadienses, que se plantaron en octavos de final, y también de unos mejicanos que, con buen fútbol, volvieron a caer donde siempre. Todos esperábamos más de unos Estados Unidos que, como en el mundo de ayer de Zweig, siguen siendo una promesa cargada de más futuro que presente. Y algo parecido podemos decir de Oceanía, que por primera vez llegaba al mundial con plaza directa: Nueva Zelanda volvió a caer en la primera fase, tras arrancar un valioso empate ante Irán.

La gran decepción, finalmente, ha sido el fútbol asiático, un fútbol que ha dado un claro paso atrás en este mundial. De las nueve selecciones que representaban a la confederación (ocho más un Iraq que consiguió plaza en la repesca) únicamente Japón avanzó hasta las rondas eliminatorias: países como Corea del Sur o Australia defraudaron las expectativas mientras que otras como Arabia Saudí o Irán no terminan de despegar en las grandes citas. El país nipón salvó el honor, para caer enseguida con los brasileños en un partido que tenían ganado a falta de media hora y que terminaron de perder en el descuento.

Es curioso descubrir que el mundial de fútbol nos muestra, como si fuera un espejo deformado, un mundo que ya no existe; el reflejo en diferido de la realidad de nuestros abuelos. Un mundo dominado por Europa y en el que la brillante Argentina de principios del XX es aún un país relevante. Un mundo en el que la historia hubiera dejado de girar hacia el poniente y en el que, por lo tanto, Asia no juega ningún papel, con China y la India inexistentes, y en el que son las potencias europeas, grandes medianas o pequeñas, las que llevan la voz cantante.

De nuevo la final, como ha ocurrido desde hace casi un siglo, vuelve a estar protagonizada por Europa e Iberoamérica: España y Argentina en este caso. Y como casi siempre, los cuatro semifinalistas o eran de la UEFA o eran de la CONMEBOL. Con una diferencia notable: las potencias europeas se han hecho mestizas, absorbiendo una parte del talento de sus antiguos dominios coloniales, mientras que, en las potencias americanas, Argentina y Brasil, es muy raro encontrar jugadores con padres nacidos en otros continentes.

Este domingo el planeta se detendrá para observar el orden y el juego moderno de los españoles frente a la garra y las genialidades de una Argentina que, atención, o ha llegado a la prórroga, o ha remontado en todos los partidos en la fase eliminatoria del campeonato. Una Argentina en la que quizá veamos jugar por última vez a Leo Messi y cuya columna vertebral (Molina, Simeone, Nico, Julián…) está plagada de jugadores del gran equipo de la ciudad de Madrid. Y quizá un detalle como este sea reflejo de una de las grandes contradicciones de la final del domingo: se enfrentan un país modelo en el éxito del proceso nacionalizador (Argentina convirtió en nacionales a decenas de miles de europeos en muy pocas décadas) y que se pone de ejemplo de cómo generar una nación exitosa que recibe población extranjera, frente a un país, el nuestro, que es un ejemplo de cómo un Imperio sufre para convertirse en una nación. El Estado nación ejemplar y aún étnicamente homogéneo, frente a la nación que no cuajó del todo y que ha cambiado de cara en las últimas décadas por la inmigración. Gane quien gane, es difícil encontrar dos mejores metáforas del mundo que viene. Pero les doy una pista: ni el CEO de Google, ni el de Microsoft, ni el de Nvidia ni el de Tesla nacieron en los Estados Unidos…

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