Opinión | ZAMOREANDO
Las injerencias de Trump
OPINIÓN | Al final, el Mundial de 2026 nos deja una gran lección táctica: da igual cuántos delanteros pongas en el campo si el rival juega con un presidente en los despachos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla durante una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte (no aparece en la imagen), al margen de la cumbre de la OTAN en Ankara, Turquía, el 8 de julio de 2026. EFE/EPA/FILIP SINGER / POOL / FILIP SINGER / POOL / EFE
La administración de Donald Trump se caracteriza por un intervencionismo constante que subordina tanto la economía como el deporte a intereses políticos personales. A través de aranceles punitivos y presión sobre corporaciones, la economía se ha transformado en una herramienta de coacción, mientras que el ámbito deportivo se utiliza para propaganda y control, erosionando la autonomía institucional. ¿Qué le debe el mundo a Trump para que el presidente norteamericano se sienta el amo del mundo y el rey del mambo, a tenor de sus bailecitos?
Solo faltaba que echara sus zarpas sobre el deporte. Y las ha echado. Para Trump, el deporte no es un espacio de neutralidad o unión cultural; es un megáfono de propaganda y una extensión de su frontera política. Las canchas, los comités organizadores y los atletas quedan atrapados en su red de influencia. Organismos deportivos internacionales de primer nivel, incluida la FIFA con la organización de los grandes torneos en Norteamérica, han mostrado una alarmante complacencia ante las exigencias de la Casa Blanca. No puedo entender la sumisión de Giovanni Vincenzo Infantino, presidente de la FIFA, plegándose a los deseos de Trump. Como tampoco puedo entender el jabón que constantemente aplica el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, al yanqui. Será porque la OTAN no puede subsistir sin Estados Unidos. Y quien gobierna el país es ahora este personaje.
Las injerencias de Donald Trump son vergonzosas y deberían ser inasumibles, por ética y por estética, por parte de aquellos que viven supeditados a los caprichos del magnate americano que, lejos de actuar como un hombre de estado, actúa como un déspota. Sólo que por el feo asunto de la retirada de la tarjeta roja, a Balogun, Infantino que desde febrero de 2016 desempeña como presidente de la entidad que gobierna el fútbol a nivel mundial, debería dimitir. Sin embargo, se empeña en conservar su privilegiado puesto a pesar de las crecientes peticiones de renuncia precisamente por permitir las injerencias de Trump con el que se relaciona frecuentemente. Lo del Mundial 26 ha sido solo el principio.
Al final, el Mundial de 2026 nos deja una gran lección táctica: da igual cuántos delanteros pongas en el campo si el rival juega con un presidente en los despachos. La FIFA por fin ha modernizado el fútbol: ahora las tarjetas rojas ya no las saca el árbitro, se perdonan por decreto presidencial.
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