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Opinión | Desde Los Tres Árboles

Callejeando por la Historia: un tiempo de herejías

OPINIÓN | Desde que en el año 711 Táriq cruzara el estrecho un nuevo orden se ha instalado en Hispania

Musulmán.

Musulmán.

Desde que en el año 711 Táriq cruzara el estrecho un nuevo orden se ha instalado en Hispania. La confusión de los creyentes crece a medida que las tropas del lugarteniente de Muza avanzan, pero lo cierto es que los acontecimientos venían gestándose tiempo atrás.

Sucede que muchos prelados, obligados en demasía a los monarcas, permitieron que el poder político interviniese en el gobierno de la Iglesia usurpando atribuciones. Algunos, incluso, tomaron parte en conspiraciones políticas, tal el caso de don Oppas, metropolitano de la ciudad regia. Sin embargo, por más grave que fuese la dejación de funciones no paraba ahí el oprobio.

Lo peor de todo fue que muchos de esos hombres de Dios escandalizasen a los hermanos con costumbres y formas más propias de paganos que de quien se supone debe velar por la pureza de la doctrina y la salvación de las almas. La incontinencia, la simonía y la codicia de los clérigos siguieron escandalizando durante mucho tiempo a la comunidad cristiana, y eso a pesar de los concilios convocados para reconducir la situación.

La herejía arriana seguía dividiendo a los creyentes y el paganismo en sus diferentes formas de idolatría, magia y otras supersticiones campaba a sus anchas a la llegada de los sarracenos. La convivencia con el invasor creó el clima propicio para la aparición de nuevas herejías, sin duda, pero fue la propia evolución interna del cristianismo hispano la que propició en mayor medida su rápida extensión por la Bética.

Una de ellas, la de Migecio, acabó contagiando, incluso, al emisario enviado por el Papa Adriano I a Sevilla para acabar con ella. No sólo no lo consiguió, sino que él mismo acabó negando a la Santisima Trinidad. Se llamaba Egila y era obispo de la desaparecida Ilíberis.

En Egabro se habían asentado los casianistas. Estaban encabezados por un tal Cunierico y los llamaban acéfalos. Se declaraban a sí mismos santos, no acataban la autoridad de Roma, aprobaban el incesto, la bigamia, los matrimonios mixtos con musulmanes, rechazaban la penitencia y cualquier alusión a la Trinidad cristiana y, en el colmo del desvarío, administraban los sagrados sacramentos a su gusto y manera. Fueron anatemizados en el concilio que Recafredo, a la sazón obispo de Córdoba, convocó en el 839 y su herejía fue erradicada por completo. Nunca más se volvió a hablar de ella pero mientras duró trajo en jaque a los más expertos teólogos cristianos.

En torno al 830 hubo un pequeño brote antitrinitario en Córdoba que obligó a intervenir al abad Esperaindeo, pero más importante fue el episodio protagonizado por el obispo Hostegesis de Málaga que afirmaba que el cielo es un lugar físico y que el Espíritu Santo solamente permanece en Cristo; a él se enfrentó Sansón de Córdoba, abad de Peñamelaria, pero lo único que consiguió fue que Hostegesis, gracias a sus contactos en la corte emiral, lo excomulgara en el concilio de Córdoba en el año 862. Otra controversia importante fue la que tuvo lugar entre Álvaro de Córdoba y Juan de Sevilla quienes se planteaban temas como las dos naturalezas de Cristo, el origen de las almas o su carácter inmortal.

Fue, ésta, una época convulsa que alcanzó su punto máximo cuando Elipando, arzobispo de Toledo y principal valedor del adopcionismo, doctrina considerada herética, pactó con el invasor. La inesperada claudicación de la máxima autoridad de la Iglesia hispana acabó con cualquier esperanza de regeneración y a partir de ese momento fueron muchos los hermanos que se dejaron seducir definitivamente por la nueva religión, más cómoda y fácil de entender que la de sus ancestros…. Y por si éstas no fueran razones suficientes para abrazarla, amparada por el todopoderoso ejército musulmán.

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