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Opinión | Siete días y un deseo

¿Vale la pena estudiar?

OPINIÓN | Quienes cuentan con un mayor nivel educativo tienen más probabilidades de ocupar puestos de prestigio; sin embargo, persisten las desigualdades por sexo y origen migratorio

Una joven, entra en una biblioteca.

Una joven, entra en una biblioteca. / Ricard Cugat

Es la pregunta que se hacen Otávio Junio, Pau Miret y Joice Melo en su artículo "¿Vale la pena estudiar? Estudios y mercado laboral en España, 2011-2024", publicado en el último número de la Revista Española de Investigaciones Sociológicas. Un interrogante que podría plantearse usted ahora mismo. ¿Qué respondería? Piénselo con calma y no se precipite. Yo hice la prueba el otro día con los colegas que me acompañan en el café quincenal. A nuestra filósofa de cabecera no le quedó más remedio que sacar a relucir todo lo que llevaba dentro: "La pregunta es fabulosa. ¡Por fin alguien da en el clavo! Que te obliguen a pensar es impagable. Recordad —aunque ya sé que lo sabéis de sobra— que Sócrates enseñaba preguntando. Las buenas preguntas obligan a pensar; las malas respuestas solo cierran el debate".

No pude estar más de acuerdo con ella. Una buena pregunta suele valer más que una respuesta inmediata porque obliga a pensar críticamente. Vengo insistiendo en estas ideas al inicio de cada curso académico en la Universidad de Salamanca: sin preguntas es imposible el conocimiento. Cuando los estudiantes —pero también el público en otros escenarios donde hablo— escuchan esa afirmación tan llamativa suelen poner caras de sorpresa que desaparecen en cuanto recurro a ejemplos de la vida cotidiana. Mis compañeros de café entendieron entonces mucho mejor por qué el interrogante que hoy da título a esta columna era tan pertinente y, sobre todo, por qué los autores habían optado por una formulación tan potente. "¿Y qué cuentan? ¿Cuáles son los resultados? Venga, cuenta", insistieron todos al unísono.

La lectura del estudio confirma algunas intuiciones y desmonta otras. Quienes cuentan con un mayor nivel educativo tienen más probabilidades de ocupar puestos de prestigio; sin embargo, persisten las desigualdades por sexo y origen migratorio: las mujeres, incluso con educación superior, se concentran en puestos administrativos, mientras los hombres dominan las posiciones de liderazgo. Las personas inmigrantes, especialmente las procedentes de África y Asia, suelen ocupar empleos de menor nivel con independencia de su formación. En otras palabras, el mercado laboral sigue premiando el mérito, pero no siempre lo hace en igualdad de condiciones. A ello se suma un problema añadido: las políticas públicas de formación y reciclaje siguen siendo insuficientes para corregir el desajuste entre la cualificación y la demanda real de empleo en un contexto de rápidos cambios tecnológicos.

En fin, el entorno profesional todavía concede demasiado peso a factores que poco tienen que ver con el mérito. Ahora le toca a usted, estimado lector, contrastar sus opiniones con estos datos. Y si lo desea, acuda a la fuente original, que de eso se trata. La conclusión es clara: estudiar sigue siendo el mejor trampolín para avanzar, pero el mercado laboral español aún confunde talento con origen, género o apellido por encima del esfuerzo y los títulos. El título universitario ya no rompe todos los techos de cristal ni tira abajo todos los prejuicios. Por tanto, no está mal que un domingo —o cualquier día de la semana— pensemos en estas cosas, aunque el calor no sea muy propicio para ello. Al fin y al cabo, mi deseo para estos siete días es sencillo: que el talento y el conocimiento valgan de verdad lo mismo para todos, tome uno el café en Salamanca, en Zamora o en cualquier rincón del mundo.

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