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Opinión | La palabra

Pepita Cordovilla (Hermana del amor de dios)

El creyente ha de cuidar también con esmero su tierra

OPINIÓN | "Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación" (Lc 21,28)

La Biblia

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En el evangelio de hoy vemos a Jesús enseñando por medio de parábolas. Jesús emplea ejemplos de la vida cotidiana, historias que les son cercanas a la gente a la que se dirige para que puedan entenderle. Son imágenes sencillas, conocidas por todos, pero no tienen por objeto la mera transmisión de información. Jesús, con la parábola del sembrador, explica el significado auténtico de su misión. Habla del Reino de Dios y esa realidad exige un lenguaje simbólico. Las parábolas tratan de ir más allá: conducen al oyente a la reflexión y, de este modo, le transforman.

El evangelista Mateo nos cuenta la parábola. Escribe a las comunidades cristianas de su entorno, cansadas de predicar a oídos sordos, en medio de una sociedad descreída y hostil, ajena a los valores del Reino de Dios, inapetente a las propuestas del Señor resucitado. Una sociedad semejante a la nuestra. La palabra de Dios que hoy escuchamos alienta a estas comunidades cansadas de evangelizar y hasta un poco frustradas por el aparente fracaso de su misión. La palabra de hoy fortalece y da vigor y audacia a los testigos del resucitado.

Veamos la parábola: Jesús compara la palabra de Dios con la semilla. La semilla es promesa de vida futura; en ella, tan pequeña, se aprieta y comprime la vida. De acuerdo a su ritmo natural, se formará el tallo, la espiga y el grano. Y, luego, el pan.

Jesús observa también los diversos terrenos donde solía caer la semilla: al borde del camino, el terreno pedregoso, entre zarzas, en tierra buena. Él mismo indica el significado de cada uno de estos terrenos y por qué la semilla se malogra en ellos o da fruto abundante.

Es necesario cuidar la semilla, preparar el terreno.

Los campesinos, año tras año, cuidan sus tierras: quitan las malas hierbas, sacan las piedras, remueven la tierra y la abonan. El creyente ha de cuidar también con esmero su tierra, es decir su capacidad de escucha evitando los ruidos que apagan la voz de Dios. Sobre todo, ha de crear un silencio interior allí donde Dios habla. Hay que escuchar con corazón sencillo, con la docilidad de discípulo y "guardar" la palabra que implica abrazarla, cuidarla, respetarla y agradecerla.

Recibida la palabra de Dios en nuestra tierra, desentrañarla en silencio orante para poder escuchar la riqueza de lo que hoy nos dice el Señor. El evangelio es la fuerza salvadora de Dios sembrada en el corazón de las personas y en la vida. La eficacia de la palabra está en la acogida y en la respuesta que cada cual le da.

Nosotros somos hoy los destinatarios de esa siembra y, a quienes también, al término de la parábola, dirige ese aviso que suena en nuestros "oídos" y en nuestro corazón: "El que tenga oídos que oiga" ¿Tenemos el corazón embotado porque oímos sin entender y miramos sin ver? .

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