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Opinión

Concha Pelayo

Concha Pelayo

Escritora y gestora cultural

La resonancia

"Abría los ojos de vez en cuando y tropezaba con aquel techo blanco a milímetros de mi nariz. Me asaltaban imágenes de esos desgraciados a los que entierran por error y despiertan tiempo después atrapados en la oscuridad. Era insoportable."

Resonancia

Resonancia / IA

Llegué puntual al hospital. Exactamente a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Planta primera, puerta B. Los pasillos estaban en completo silencio, vacíos. Seguía pensando en cómo se les ocurría hacerme la prueba un domingo. No tenía sentido. O quizás sí: los médicos padecen una gran precariedad salarial y las horas extras en festivo se pagan bien, pensé. Un incentivo para añadir al sueldo.

Al momento apareció una enfermera. Hice el gesto de entregarle el volante que llevaba en la mano, pero ni lo miró. —Pase a la cabina dos y desnúdese de cintura para arriba. Quítese todo lo que lleve metálico —ordenó. Desvió la mirada hacia mis manos y añadió—: Anillos, pulseras y cadenas fuera.

Me quité los tres anillos, los pendientes y la pequeña cadena que llevaba al cuello. Esperé dentro de la cabina con la bata que me entregó, abrochada a la espalda. Le advertí que estaba algo acatarrada y que la habitación estaba fría, destemplada.

—No se preocupe, la cubriré con una sábana —respondió.

Una vez fuera, me pidió que me colocara sobre la camilla, colocada frente al tubo blanco y plastificado, similar a un ataúd. La última y única vez que me habían hecho una resonancia había sido hacía más de cuarenta años; de entonces solo recordaba los ruidos y los golpes, idénticos a los de una obra: martillazos, pitidos, sierras...

Pero entonces yo no pensaba en la muerte como ahora. Los años mandan y, a los ochenta, las cosas se ven de una manera muy diferente que a los cuarenta.

La enfermera empujó la camilla hasta que el cilindro blanco cubrió por completo mi cuerpo. Abrí los ojos y descubrí que apenas diez centímetros separaban el techo de mi rostro. De pronto, me vi en mi propia caja mortuoria. Recordé a mi abuela y, después, a mi madre cuando las contemplé en sus ataúdes. Ambas vestían un sudario blanco, rodeadas por el acolchado impecable de la madera.

Recordé también que hacía unos días, en un programa de entretenimiento de la televisión, un chico tenía que introducirse en un ataúd mientras le echaban un montón de tierra encima. Debía permanecer dentro un tiempo determinado para poner a prueba el aguante humano en esas circunstancias. Por supuesto, a cambio de un suculento premio en metálico. Un control técnico vigilaba desde el exterior; a través de una cámara instalada junto al joven, el público contemplaba su rostro y su angustia. El espectáculo estaba servido.

Cerré los ojos para dejar de mirar el techo del tubo. Unos ruidos sordos y destemplados empezaron a resonar. Aunque la enfermera me había colocado unos cascos —de esos que usan los obreros cuando taladran el asfalto—, uno de ellos no me cubría bien la oreja y percibía los golpes con excesiva precisión. Me hubiera gustado pedirle que me lo ajustara, pero ya era tarde. No podía moverme ni hablar, así que me dispuse a soportar el castigo de la mejor manera posible.

Pam, pam, pam. Toc, toc, toc. Los ruidos continuaban, incesantes, cada vez con más virulencia.

No recordaba que mi primera resonancia hubiera sido así, pero esta vez los impactos me resultaban insoportables. Empecé a sentir frío y un sudor incontrolable. Los golpes cesaban durante unos segundos, solo para regresar con un estruendo mayor. La cabeza me iba a estallar; los nervios flaqueaban.

Abría los ojos de vez en cuando y tropezaba con aquel techo blanco a milímetros de mi nariz. Me asaltaban imágenes de esos desgraciados a los que entierran por error y despiertan tiempo después atrapados en la oscuridad. Era insoportable. Tampoco sabía cuánto tiempo llevaba allí ni cuándo acabaría aquel martirio. TOC, TOC, TOC. PUM, PUM, PUM... El martilleo era constante.

Mi mano derecha, empapada en sudor, sujetaba la pequeña bola con el timbre de emergencia. "Púlselo si se encuentra mal", me había indicado la enfermera. Yo ya me encontraba mal. No sentía los mareos o dolores físicos de los que me advirtió, pero sentía pánico. Estaba aterrorizada.

De pronto, mi mente empezó a divagar sobre la enfermera: "Tal vez se ha mareado, o ha tropezado y está inconsciente, y no hay nadie para socorrerla. Dios mío, tal vez haya sufrido un infarto y no despierte". No era normal que hubiera transcurrido tanto tiempo sin que viniera a sacarme. Esto era insufrible.

El botón de emergencia permanecía en el hueco de mi mano temblorosa. Quería apretar, pero no me atrevía. Aguanta, me decía a mí misma, pero no podía. Muchas veces estuve a punto de apretar.

Se me ocurrió también, que la enfermera pudiera estar enamorada de un compañero, médico o enfermero, y que aprovechando el silencio y la soledad del hospital hubieran aprovechado para dar rienda suelta a su pasión y estarían allí, al amparo de algún cuarto oscuro sin acordarse de mí.

Las posibilidades iban y venían a mi mente intentando justificar aquella ausencia que se me hacía eterna e incomprensible. Apreté el botón.

Al instante entró la enfermera —Pero mujer, ¿qué ha hecho? Faltaban apenas cinco minutos —me recriminó.

—¿Y por qué no me dijo cuánto tiempo tenía que estar aquí? Si lo hubiera sabido, me habría mentalizado.

—Se lo dije, pero no se enteró.

No, no me lo dijo. De haberlo hecho, lo habría tenido muy en cuenta.

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