Opinión | Al grano
El nido
A veces, sin querer, uno hace daño a otros. También con el arma blanda de las mentiras piadosas

Polluelos solos en una casa nido. / Cedida
Irrumpió como un susto alado, volando raso para pasar desapercibido. Era un pájaro muy pequeño, imposible de distinguir sus colores y su condición, al menos para un lego en ornitología. Aguantó entre las hojas más de lo debido, eso ya quería decir algo, que estaba protegiendo su nido tardío, su casa, la cuna de sus huevos, estaba insuflando vida a sus crías, aunque eso lo descubriría un instante después, cuando inspeccioné con la vista la cepa en la que realizaba trabajos de donde el ser alado había huido como una exhalación, como queriendo ocultar su presencia bajo un manto de invisibilidad para no descubrir lo que más le importaba.
Sí, un pájaro había abandonado el nido donde incubaba cuatro o cinco huevos. No puedo asegurar el número exacto porque no quise posar la vista más que lo imprescindible. Era un nido perfecto, redondeado y como de seda: así debe ser la proporción áurea, pensé, puro ejercicio natural de equilibrio y armonía, de la que ha copiado el arte y también, dicen, el matemático Fibonacci para enunciar su famosa —e incomprensible, al menos para mí— sucesión infinita. Qué se sepa: no solo los pétalos del girasol, las piñas y el caparazón del caracol son manifestaciones de la proporción áurea, también, creo yo, los nidos de los pájaros.
El afloramiento deslumbrante de la belleza me produjo un bienestar tan fútil como pasajero. Rápido caí en la desazón de la realidad. Mi gesto, el de manipular aquella cepa, hidra más verde y despeinada que nunca, podría haber acabado con la vida de cuatro o cinco polluelos porque la pájara, la madre, seguramente aborrecería los huevos al detectar que alguien había merodeado por los alrededores con disposición de elefante.
El malestar por lo sucedido me persiguió toda la mañana y, finalizados los trabajos en la viña, renuncié a comprobar si la pájara había vuelto al nido para dejar abierta una ventana de esperanza en la casa de la duda. Ya me ha ocurrido a veces que involuntariamente he malogrado varios nidos. Sin querer uno hace daño a otros.
Y, pum, me vino rápido, a la carrera, lo ocurrido la noche anterior al descubrimiento mañanero del nido en el corazón de la cepa. Llegamos tarde a la finca, ya entrada la noche, y Trufi ladraba acelerada. Bicho, pensé. Pronto descubrimos lo que ocurría. La perra tenía acoquinada a una culebra bastarda en el pasillo del jardín, pero sin atreverse a morderla. Creo que no lo hubiera hecho nunca, pero al aparecer nosotros debió entender que tenía que sacar a relucir ante sus amos su vena cazadora.
Sin querer uno hace daño a otros. Ocurre también con las mentiras piadosas, que sin doler duelen.
Suscríbete para seguir leyendo
- Los trabajadores de Medio Ambiente en Zamora lloran la prematura muerte de su compañera Rosa Ana
- La batalla de un alcalde de Sanabria contra el despilfarro de agua por parte de los vecinos: acude a la Guardia Civil
- Récord de empresas que facturan más de un millón de euros en Zamora, con una recaudación del IAE que se dispara un 35% en un lustro
- Me siento engañado por el Estado': David García Montes se reincorpora como alcalde de Roales con un 83% de minusvalía y denunciará a Inspección de Trabajo
- Nace 'Asovino Joven' para garantizar el relevo generacional en el sector
- El colegio Medalla Milagrosa de Zamora gana el Premio Nacional de Educación por un proyecto sobre migración
- Todo a punto para Fromago 2026: la Feria Internacional del Queso desplegará más de 500 carpas en Zamora extendiéndose por más de 40.000 metros cuadrados
- El AVE Zamora-Madrid encadena otra jornada de retraso en el tren de la mañana: la paciencia de los usuarios, al límite
