Opinión | Siete días y un deseo
Un poco de por favor
OPINIÓN | El respeto no tiene categoría laboral. Los buenos modales no tienen ideología. Y el "Por favor" y el "Gracias" son gratis. Que no se olvide

Por favor. / Paula Hernández Alejandro / Cedida
Estoy hasta las narices de que la gente sea maleducada. ¿Pero tanto trabajo cuesta pedir las cosas con un simple "por favor"? Pues parece que sí. Mucho más que subir al Teso la Cruz, en el monte de Santovenia del Esla, adonde nos llevaba nuestro querido padre cuando éramos unos mocosos para curar la tosferina que cogimos los tres hermanos. Lo aprendí de pequeño en la escuela, cuando los maestros —don Pedro y, más tarde, don Ángel— insistían en la importancia de la cortesía. También recuerdo lo que se escribía en la Enciclopedia Álvarez, con sus apartados dedicados a la urbanidad, las buenas maneras y la educación cívica y religiosa, donde se enseñaba una idea muy sencilla: las personas bien educadas piden las cosas por favor y dan las gracias cuando las reciben. Que estudiáramos estas nociones en la escuela franquista no desmerece en absoluto el trasfondo del asunto: la cortesía no es un simple formalismo, sino una forma de respeto. La convivencia se sostiene sobre pequeños gestos de cortesía. No son adornos del pasado: son el aceite que hace que los engranajes de la sociedad no chirríen. Si olvidamos algo tan elemental, todos salimos perdiendo.
Pondré ejemplos del día a día que demuestren esa falta de "Por favor" que me ha hecho llegar al límite. Todos ocurrieron la semana pasada. El lunes, mientras hacía cola en la panadería, un señor de unos 45 años entró en el local sin tan siquiera decir "Hola, buenos días". Y cuando llegó su hora —no confundir, por favor, con "Hasta que llegó su hora", magnífica película de Sergio Leone que me entretiene a menudo— tampoco solicitó sus dos barras de pan, la bolsa de magdalenas y los pasteles de crema catalana con la cortesía que se espera en la atención al público. Como si por estar trabajando de cara al público no mereciera el mismo respeto. Algo similar observé al día siguiente en el supermercado donde suelo abastecerme. Al pasar por caja para pagar, la señora de mediana edad ni se inmutó cuando el empleado dijo lo que suelen decir de prisa y corriendo: "Hola, ¿necesita alguna bolsa?". La respuesta fue un seco "No". ¡Qué menos que devolver el saludo! Que para eso llevan una etiqueta en la solapa: para recordarnos que son personas de carne y hueso, no máquinas.
Y el viernes fue la monda. En un taller de maquinaria agrícola, con un ruido de fondo poco propicio para la comunicación humana, entró un matrimonio de avanzada edad. Llevaban un cortacésped que no arrancaba y querían arreglarlo. Tampoco fueron especialmente corteses. De allí me dirigí a un café para reponer fuerzas. Otra vez me topé con clientes que solo se conformaron con pedir la consumición y olvidaron decir "Hola, buenos días" o con agradecer al camarero que les hubiera servido un café con leche sin lactosa y una tapa de tortilla. Es posible que, en estos momentos, algunos lectores piensen que los ejemplos son excepciones y que la inmensa mayoría de la gente demuestra buena educación. No lo discutiré, pero mis observaciones subjetivas que realizo todos los días van por otro camino. No obstante, con que solo encontrara un caso de mala educación me subiría por las paredes. Porque todas las personas, con independencia de la profesión, el estatus o la posición social, merecemos ser tratadas con la misma dignidad y consideración.
El respeto no tiene categoría laboral. Los buenos modales no tienen ideología. Y el "Por favor" y el "Gracias" son gratis. Que no se olvide.
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