Opinión | Desde Los Tres Árboles
Callejeando por la Historia: el final de don Rodrigo
OPINIÓN | Son muchas las especulaciones sobre el paradero final del último rey godo, pero lo único cierto es que después de la batalla de Guadalete nunca más se supo de él

OPINIÓN
Son muchas las especulaciones sobre el paradero final del último rey godo, pero lo único cierto es que después de la batalla de Guadalete nunca más se supo de él. Finalizado el combate, se perdió su rastro para siempre.
Según algunos, Don Rodrigo habría huido con lo que quedaba de su ejército a las sierras de la Peña de Francia y Gata y allí, en las fragosidades de Segoyuela de los Cornejos, muy cerca de Tamames y Sequeros, los africanos le habrían dado muerte.
Otros dijeron haberlo visto caer muerto en la contienda y quien morir ahogado en el río Guadalete cuando trataba de escapar, salir huyendo sin esperar el final del enfrentamiento o cubierto de harapos y llorando sus culpas por los caminos.
Hubo, incluso, quien juró reconocer por tierras de Mérida y abandonado por los suyos al hijo de Teodofredo. Según estos, Don Rodrigo se retorcía de dolor en el monasterio de Cauliniano por la mordedura de una culebra justamente en esa parte del cuerpo de donde saliera el pecado que precipitó su caída. Sería así, de ser cierto tal juramento, una forma de purgar aquella vida de lascivia y desenfreno.
Otros, sin embargo, hablan de haber encontrado junto a Viseo una lápida con la inscripción latina “Aquí yace Rodrigo, último rey godo”, la misma que allá por el 900 viera, según cuentan ciertas crónicas, el rey de León Alfonso III el Magno. No se puede afirmar con certeza que allí reposen sus restos, pero podría ser que alguien llevado de piadosa lealtad condujera su cuerpo por la sierra de la Estrella hasta darle cristiana sepultura.
La batalla de Guadalete supuso el final de Don Rodrigo y con él el de un reinado caracterizado por una violencia extrema, pero su alcance histórico va mucho más allá. Y es que, también supuso la desaparición de aquella monarquía trabajada por tantos vicios; la ambición de la nobleza, la relajación del clero, la miseria del pueblo, la brutalidad de la oligarquía goda y la falta de un proyecto común que vertebrase un liderazgo sólido, hicieron posible el desastre. A decir verdad, desde que allá por el siglo V llegara a la península Ataúlfo, los reyes godos nunca lograron la unión de aquellos a quienes gobernaban de modo que la sorprendente derrota ante los africanos venía a ser la inevitable culminación de un proceso. Era cuestión de tiempo su desaparición.
Cuando Muza, después de su aplastante victoria sobre el rey Rodrigo entró en la tienda del monarca cristiano blandiendo, feroz, la cimitarra encontró a la reina Eguilona mesándose los cabellos y acompañada por un par de esclavas que sollozaban. La llevó cautiva a Híspalis y allí fue donde conoció al joven virrey Abdalacid, el hijo del todopoderoso general omeya…. Nacía Al-Ándalus. Comenzaba un nuevo orden para los hispanos.
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