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Opinión | El espejo de tinta

La tragedia de Venezuela

"Con los terremotos no se puede acabar, con sus catastróficos efectos sí. Como con los ladrones y tiranos que oprimen a sus pueblos"

Edificios en La Guaira destruidos por el terremoto.

Edificios en La Guaira destruidos por el terremoto. / Javier Campos/ DPA

Cuando nadie se lo roba, el dinero alcanza para todo. La frase es del presidente de El Salvador Nayib Bukele, quien además de decirlo lo ha cumplido, y convertido a su pequeño país, no con más población que la Comunidad de Madrid, en el más seguro, estable y con mejor evolución social y económica de toda Iberoamérica.

El doble terremoto de Venezuela supone una tragedia cuyo coste en vidas va a estar muy por encima del millar que, en este momento se vaticina. Es un mantra muy extendido que las catástrofes naturales se ceban especialmente con los países más pobres y las sociedades más necesitadas. Viene bien que se piense eso aunque sea mentira, sobre todo a quienes se han llevado en crudo, o debidamente cocinados, los recursos que hubieran permitido construir mejores infraestructuras, mantener las existentes y centrar el interés público y político en la prevención y La respuestacon rapidez y eficacia a cualquier incidente.

En Japón cada año se produce una media de 1.500 terremotos de intensidad perceptible, unos cuantos de ellos con capacidad de generar grandes daños materiales y humanos que, afortunadamente, no ocurren. Allí no se la robaron todo y los edificios resisten. Venezuela lleva tres décadas cayendo de la posición de país más rico y más avanzado de la región a disputarse el vagón de cola con Cuba o Haití. Allí se lo han robado casi todo, cientos de miembros de la jerarquía gobernante y algunos amigos de la causa socialista, como nuestro infame Zapatero.

Nadie que conozca Venezuela puede decir que es un país pobre. Sus inagotables recursos minerales, su fértil agricultura, su potencial turístico desde la selva amazónica más agreste a sus paradisíacas playas e islas y la cultura de sus gentes hasta la llegada del chavismo hacían solo unas décadas atrás impensable la pesadilla actual.

Con los terremotos no se puede acabar, con sus catastróficos efectos sí. Como con los ladrones y tiranos que oprimen a sus pueblos para convertirse, a sí mismos, en esclavos de una codicia, cuyos réditos ensangrentados, no llegarán a agotar ni aunque vivan cien vidas de las que quitan a otros.

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