Opinión | Siete días y un deseo
La revolución de las gracias
"Quizá la gratitud no sea otra cosa que una consecuencia natural de esa "atención amorosa" de la que habla Irene Vallejo: mirar de verdad a quien tenemos delante"

Gracias.
Hoy vengo a hablar de una palabra que utilizamos poco: gracias. Empezaré por el campo de la sanidad pública, que, aunque no siempre está a la altura de las circunstancias (¡Ay, esas listas de espera!), en los casos que siguen, sí lo ha estado con creces. Por problemas que vengo arrastrando en las lumbares, he tenido que pasar por numerosas consultas con mi médica de cabecera y varios especialistas. La atención —salvo un día, que el experto de turno me invitó a que no me extendiera con mi narración porque en la sala de espera había una legión de enfermos esperando— ha sido siempre exquisita. Tanto que el pasado martes, al finalizar la consulta con mi médica, no pude por menos que desearle un buen día, pese al asfixiante calor, agradeciéndole su amabilidad y el modo en que trata a los pacientes. Sin pensarlo dos veces, me acerqué a ella, le ofrecí mi mano y le dije que muchas gracias por todo. Ella se sonrió. Más tarde comprendí el motivo: me confesó que rara vez alguien se detenía a agradecerles su trabajo. Cuando salí de la consulta ya tenía claro que este asunto sería el primero en esta columna.
Hace un mes comprobé que la amabilidad también era propia de las dos sanitarias que me atendieron en otra cita. A cada duda que yo tenía, ellas respondían con los modos que todos deseamos. Como no tengo pelos en la lengua, les pregunté cómo se llamaban. Y sucedió algo extraño: me dijeron que no era habitual que los pacientes se interesaran por sus nombres. Suponían que, al estar escritos y visibles en las batas, con eso bastaba para que no hiciera falta preguntar más. Al finalizar la prueba, aproveché para profundizar en varios detalles del conocimiento —tal vez del desconocimiento— que tenemos los unos de los otros. Porque entramos por una puerta, solemos ser educados, pero casi nunca rompemos el hielo de la comunicación que nos convertiría en algo más que desconocidos correctos. De un lado, los expertos; de otro, los pacientes. Las separaciones visibles que nos hablan de otras distancias supuestamente invisibles, pero que están ahí, como la posición social, el prestigio, el estatus, la cualificación. Cuando nos despedimos, inmediatamente imaginé que el próximo curso compartiría estos ejemplos con mis estudiantes de la Universidad de Salamanca.
Quizá la gratitud no sea otra cosa que una consecuencia natural de esa "atención amorosa" de la que habla Irene Vallejo: mirar de verdad a quien tenemos delante. La autora de "El infinito en un junco" defendía esta misma semana que por estos pequeños detalles tenemos que ser agradecidos. Pero también debemos serlo con quienes, de manera habitual, no se limitan a llenar tu wasap de mensajes de texto, sino que además se toman la molestia de llamarte. Quieren escuchar nuestra voz, interesarse por cómo estamos. Y eso, al menos para mí, no tiene precio. Posiblemente estén aflorando algunas carencias que arrastro desde que, con apenas once años, dejé el hogar familiar para aterrizar en Cambados. En el colegio de los salesianos no existían los teléfonos móviles y ninguno de los artilugios que utilizamos en la actualidad para comunicarnos. Solo teníamos el correo postal y el teléfono fijo. Pero aquello nos parecía la gloria. Por eso, mi agradecimiento es para quienes hicieron que aquella distancia resultara un poco más llevadera.
Y, por supuesto, un millón de gracias a quienes llevan más de tres décadas buscándome cada domingo en el papel. n
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