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Opinión | Desde los Tres Árboles

Callejeando por la Historia: la batalla decisiva

OPINIÓN | Después de días de intensa búsqueda se encontraron en un llano cerca de Jerez de la Frontera. En las riberas del Guadalete, a tres leguas de Arcos. ¡Tan cerca estaban que podían oírse las voces que se daban animándose para el inminente combate!...

OPINIÓN

OPINIÓN

Después de días de intensa búsqueda se encontraron en un llano cerca de Jerez de la Frontera. En las riberas del Guadalete, a tres leguas de Arcos. ¡Tan cerca estaban que podían oírse las voces que se daban animándose para el inminente combate!...

Don Rodrigo había llegado rodeado de gran pompa. Portaba la corona que le identificaba como jefe supremo y lucía túnica talar ceñida a la cintura por enorme broche de cuero repujado. A bordo de una soberbia carroza conducida con cuidada parsimonia por un palafrenero el monarca sonreía a la tropa que aplaudía su paso. Llegado a su tienda, se apeó. Montó un caballo tordo sobre una silla chapada de oro y recorrió la formación alentando a sus unidades y ofreciendo dignas recompensas a quienes se esforzasen por merecerlas. Era la escenificación perfecta para una victoria que se presumía rápida y aplastante.

Comenzó el rey formando un ejército con tres cuerpos en el que el número de infantes era cuatro veces superior al de jinetes. Confió los flancos a Don Oppas y Sisberto y la vanguardia a sus generales más fieles. Para él se reservó la retaguardia.

Táriq, por su parte, confió la vanguardia de su tropa a Tarif y la retaguardia al Conde Don Julián mientras él esperaba en un pequeño bosque unas leguas más abajo. Sus tropas tenían orden de no atacar, tan sólo de moverse de manera ostensible. Tan pronto se ofrecían tratando de provocar el ataque de los godos como mostraban su poderosa infantería o se replegaban.

Desde lo alto de un montecillo Don Rodrigo seguía los movimientos de la formación enemiga. No perdía ojo de lo que sucedía abajo pero no alcanzaba a ver qué tramaban los africanos con aquella estrategia de continuos cambios. Los presagios no eran buenos. Estaba irritado y nervioso. Cada vez más agitado y comenzó a exigir respuestas a quienes estaban obligados a darlas, pero nadie, ni los más avezados, entendía nada. Sus capitanes le aconsejaban paciencia, sin embargo, las noticias que llegaban sobre la insurrección vascona eran alarmantes de modo que decidió acabar aquello cuanto antes. Pasó revista a las tropas por última vez y dio la orden de atacar. Era el 19 de julio del año 711.

Durante siete días los dos ejércitos se tantearon tratando de encontrar los puntos débiles. La pelea estaba igualada, pero al amanecer del octavo día el ala derecha de los godos, mandada por el Duque Sisberto y desobedeciendo órdenes, volvió sus armas al centro del ejército real quedando Don Rodrigo a merced del enemigo.

Era el momento que aguardaba Táriq. Su vanguardia cayó rauda sobre el flanco que había quedado desguarnecido y chocó contra los godos. Los escuadrones árabes y berberiscos cargaban en oleadas y las tropas del monarca, sorprendidas por el inesperado empuje y desprotegidas en las alas, se veían obligadas a retroceder. El estruendo era ensordecedor. Los relinchos de las bestias se confundían con las imprecaciones y juramentos y el ruido metálico de los mandobles con los ayes de los heridos... A duras penas los hispanos resistían los embates y cuando a media tarde intentaron abrir brecha en las filas enemigas lo hicieron tan sólo con el coraje que nace en la desesperación. Finalmente, en la madrugada del noveno día la caballería sarracena que aguardaba unas leguas más abajo con Táriq al frente cayó sobre ellos y dejó el campo cubierto de cadáveres.

Subió, entonces, Don Rodrigo con la armadura abollada y la espada partida a un cerro. Contempló que apenas le quedaba en pie un puñado de hombres y al ver sus pendones desgarrados y tendidos en el suelo se alejó del campo de batalla llorando amargamente... Fue la última vez que alguien le vio.

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