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Opinión

A Jesús por María (y II)

"Contemplar y adorar es tratar con el mejor Huésped que ha venido a morar en nosotros"

Inmaculada Concepción Toro

Inmaculada Concepción Toro / Cedida

En esta segunda entrega continuamos un brevísimo recorrido por la vida de nuestra madre del cielo, María Virgen, en perspectiva eucarística.

De la mano de ella nos introducimos por un momento en el hogar de Nazaret, cuya vida estuvo caracterizada por la más asombrosa normalidad. Todo tan normal como normal era el pan de cada día que allí se comía. Con todo, aquella normalidad estaba transida de un misterio divino, que llenaba la casa y las existencias de sus moradores. Por ello, la adoración y la contemplación se convirtieron en el "aire" de aquel hogar. También Dios se hace presente en nuestra vida de cada día. Podemos contemplar la belleza de su rostro y adorar el misterio de su divinidad; tan cerca, que los latidos de nuestro corazón se acompasen a los del suyo.

Necesitamos ponernos las "gafas de la fe" y descubrir su huella, su presencia y su acción en cada día que se nos regala. Para ello contamos con ese "plus infinito" que es la comunión que recibimos en cada misa. Para el creyente, es el inicio de la adoración y la contemplación fuera de la misa. Contemplar y adorar es tratar con el mejor Huésped que ha venido a morar en nosotros. "No somos huecos por dentro", decía Sta. Teresa. El alma no es un vacío, sino un castillo interior donde Dios habita.

De aquella vida oculta de Nazaret damos ahora un salto a los comienzos de la etapa de la vida pública de Jesús. En concreto: la pareja de novios de Caná, que se quedó sin vino el día de su boda, representa a la humanidad entera, proveniente de aquella primera pareja, Adán y Eva, necesitados de salvación. Otra pareja, Jesús (nuevo Adán) y María (nueva Eva), vienen en su ayuda, en nuestra ayuda. ¿Cuántas veces nos quedamos sin "vino"…?

A buen seguro que en el calvario la madre recordaría al Hijo la falta de salvación de la humanidad. Es por ello que Jesús se deja exprimir como un racimo de la mejor cepa, para que toda la humanidad podamos lavar nuestros pecados en su preciosa sangre. Aquellas bodas de vino en Caná de Galilea anticiparon "las bodas de sangre del Calvario", en las que Cristo se desposa con la Iglesia. Bodas únicas que se actualizan en cada celebración de la eucaristía. Así se renueva la alianza nupcial de Cristo con cada uno de nosotros: el Señor viene a ser para nosotros y nosotros somos para el Señor.

En cada celebración de la eucaristía, al recibir a Jesús estamos recibiendo el don de su misma madre. Del mismo modo que entonces a Juan (en quien los creyentes estábamos representados) también nos pide a nosotros que la tengamos y queramos como nuestra propia madre. ¿Cómo viviría ella aquellas primeras eucaristías…? ¿Cómo las estamos viviendo nosotros?

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