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Opinión | Siete días y un deseo

Hablar: esa es la cuestión

"Tenemos que hablar: mirarnos a los ojos, compartir la vida, las alegrías, los sufrimientos. Y abrazarnos. Abrazarnos mucho"

Madre e hijas, fundidas en un abrazo.

Madre e hijas, fundidas en un abrazo. / Loyola Pérez de Villegas.

No creo en las casualidades ni el destino. A veces, sin embargo, me tengo que cuestionar mis propios pensamientos. Comparto dos ejemplos de la semana que se ha esfumado. Empezaré con el examen que tuve el jueves en la Universidad de Salamanca. Tras entregar la hoja de preguntas, vi algunos rostros de desesperación y no pude por menos que hacer algo que nunca había hecho antes. Les pregunté cómo veían las pruebas que realizamos en las titulaciones y si tienen mucho sentido. Dijeron lo que pensaban y yo también me manifesté, cuestionando el sentido de la mayoría de las pruebas de evaluación. En ese momento, una alumna levantó la mano y preguntó: "Josema, ¿tú por qué das clase en Trabajo Social y por qué haces esas actividades tan sorprendentes y llamativas en las aulas?". Me quedé mudo. Nunca nadie me lo había preguntado en clase con tanta claridad. Y respondí con mucho gusto: "Creo que es una de las preguntas más importantes que me han hecho en el aula. Hago lo que hago porque creo que debo hacerlo y porque a mí me hubiera gustado que lo hubieran hecho conmigo".

Pero ahí no acabó la cosa. Como habíamos creado un ambiente de confianza, otro estudiante preguntó: "Josema, ¿qué es lo más importante que tenemos que hacer para resolver los problemas que nos están acuciando?". Y soplé. Tras unos segundos, respondí con lo que me salió del alma: "Tenemos que hablar: mirarnos a los ojos, compartir la vida, las alegrías, los sufrimientos. Y abrazarnos. Abrazarnos mucho". Los estudiantes quedaron mudos. No se imaginaban que el día del examen, cuando la hoja ya la tenían sobre la mesa, estuviéramos hablando de estas cosas. Entonces se me ocurrió continuar con una reflexión que llevo haciéndome desde tiempos remotos: "Tenemos que hablar para conocernos mejor. Cuando nos conocemos, las cosas se ven de otro modo. Si lo aplicáramos a las relaciones humanas, otro gallo nos cantaría. Trump, Putin, Zelenski, Netanyahu, etc., deberían hablar más. Todos debemos hablar más". Como los estudiantes estaban de acuerdo, les dije: "Pues espero que lo apliquéis en la vida cotidiana y, sobre todo, cuando seáis profesionales del Trabajo Social".

Al día siguiente volví a escuchar algo parecido en el Teatro Ramos Carrión. Sucedió en el acto del 40 aniversario de la UNED en Zamora. El Rector de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Ricardo Mairal Usón, en un magnífico discurso sobre la defensa de los valores humanos, reivindicó la importancia de las palabras en estos tiempos tan convulsos de polarización. Las palabras como uno de los recursos más importantes para solucionar los problemas geopolíticos pero, también, los problemas en los diversos escenarios de la vida cotidiana: con los vecinos, en el trabajo, en las aulas. El rector insistió en lo mismo que unos minutos antes había reivindicado el máximo responsable del Servicio Jurídico de la Comisión Europea, Alberto de Gregorio Merino, que nos recordó en varias ocasiones el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea, que define los valores sobre los que se funda la UE: el respeto a la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y el respeto a los derechos humanos, incluyendo los derechos de las minorías.

Al final, la lección más importante no venía en los folios del examen del jueves. Consistía, simplemente, en mirarnos a los ojos y empezar a hablar. De las aulas de Salamanca al espíritu fundacional de Europa, la conclusión es idéntica: o nos escuchamos, o estamos perdidos.

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