Opinión | Cuzeando en la ciencia
¿Cada vez saben más o la PAU exige menos?
OPINIÓN | Quien lleva años corrigiendo exámenes observa fenómenos curiosos. Se reducen contenidos. Se simplifican criterios. Se eliminan dificultades que antes se consideraban normales. Se flexibilizan evaluaciones.

Así es la PAU 2026 en Zamora: casi 600 estudiantes en la ciudad afrontan las temidas pruebas. / José Luis Fernández
Esta semana cientos de jóvenes zamoranos han llenado las aulas del Campus Viriato para enfrentarse a una de las pruebas más importantes de su vida académica. Los nervios de siempre. Los repasos de última hora. El bolígrafo que deja de escribir justo cuando no debe. Algún DNI olvidado. Y esa mezcla tan peculiar entre miedo e ilusión que acompaña a quien siente que está a punto de abrir una puerta importante.
He seguido estos días la PAU con especial interés. Quizá porque soy profesor. Quizá porque llevo años viendo cómo evolucionan nuestros alumnos. O quizá porque hay algo que, sinceramente, me preocupa.
Las notas. No las de este año. Las de los últimos diez. Los datos son conocidos. La nota media de acceso a la universidad ha pasado de rondar el 8,6 sobre 14 hace una década a superar ya los 10 puntos. Cada vez hay más alumnos con calificaciones extraordinarias. Cada vez más expedientes brillantes. Cada vez más jóvenes que superan con holgura barreras que hace unos años parecían reservadas a una minoría.
Y la pregunta es inevitable. ¿Realmente nuestros alumnos saben hoy mucho más que hace diez años?
Porque si la respuesta fuera sí, estaríamos ante una de las mayores revoluciones educativas de nuestra historia. Habríamos encontrado la fórmula mágica del aprendizaje. Los conocimientos crecerían año tras año, los resultados mejorarían constantemente y cada nueva generación sería académicamente superior a la anterior.
Pero sospecho que no es eso lo que está ocurriendo. De hecho, muchos docentes tenemos una percepción bastante distinta. Quien lleva años corrigiendo exámenes observa fenómenos curiosos. Se reducen contenidos. Se simplifican criterios. Se eliminan dificultades que antes se consideraban normales. Se flexibilizan evaluaciones. Y poco a poco, casi sin que nadie lo perciba, las calificaciones empiezan a subir.
Es un fenómeno conocido en muchos países. Se llama inflación de notas. Y tiene una consecuencia inmediata. Cuando las notas pierden capacidad para diferenciar niveles de conocimiento, dejan de cumplir una de sus funciones principales. Porque un examen no sirve únicamente para aprobar o suspender. Sirve para medir. O al menos debería.
En física utilizamos instrumentos de medida continuamente. Termómetros, cronómetros, reglas, sensores. Y todos tienen algo en común. Si un termómetro marca 25 grados cuando realmente hay 18, el problema no es la temperatura. El problema es el termómetro.
Con los sistemas educativos ocurre algo parecido. Cuando prácticamente todo el mundo obtiene calificaciones muy elevadas, cuando los porcentajes de aprobados rozan cifras extraordinarias y cuando las diferencias reales entre estudiantes se comprimen cada vez más, quizá conviene preguntarse si estamos ante una mejora espectacular del aprendizaje o ante una pérdida progresiva de exigencia.
Y esto no es una crítica a los alumnos. Al contrario. Los estudiantes actuales trabajan muchísimo. Probablemente más de lo que muchos adultos recuerdan. Viven sometidos a una enorme presión académica, a una competencia feroz por determinadas carreras y a una obsesión permanente por las décimas.
La paradoja es que nunca había habido tantas notas excelentes y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil acceder a determinados grados universitarios. Algo no encaja. Parte del problema tiene además un componente territorial. No todas las comunidades autónomas aplican exactamente los mismos criterios. No todas corrigen igual. No todas exigen lo mismo. Y eso genera una sensación de injusticia evidente. Dos estudiantes con idéntica capacidad pueden obtener resultados distintos dependiendo simplemente del lugar donde realizan la prueba.
Por eso cada vez son más las voces que reclaman una PAU verdaderamente común para toda España. Un mismo examen, unos mismos criterios y una misma exigencia. No parece una petición descabellada. Especialmente cuando hablamos de una prueba que determina el acceso a estudios universitarios financiados por todos los españoles.
Y aquí me van a permitir una pequeña reivindicación de nuestra tierra. Castilla y León lleva años situándose entre los sistemas educativos con mejores resultados de España en los distintos informes nacionales e internacionales. No es casualidad. Hay mucho trabajo detrás. Mucho esfuerzo de alumnos, familias y profesores. Mucho rigor.
Quizá por eso aquí todavía existe cierta resistencia a convertir la educación en una carrera por regalar aprobados. Porque aprobar no debería ser el objetivo. Aprender sí.
A veces da la sensación de que confundimos ambas cosas. Como si una estadística bonita fuera automáticamente sinónimo de una educación mejor. Como si elevar porcentajes de aprobados equivaliera a elevar conocimientos. Y no siempre ocurre.
En ciencia hay una máxima sencilla. Cuando una medida deja de reflejar la realidad, deja de ser útil. Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos si algunas de nuestras calificaciones siguen midiendo lo que creemos que miden. Porque los alumnos merecen algo más que notas altas. Merecen una evaluación justa, rigurosa y comparable.
Merecen saber realmente dónde están. Y merecen que el esfuerzo tenga valor. Aunque a veces eso implique que los resultados sean menos cómodos para quienes prefieren presumir de estadísticas.
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