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Opinión | El Espejo de Tinta

El río de la vida

Vivimos convencidos de que somos nosotros los que pasamos por la vida -el tiempo, ese terrible antropófago- y, tal vez, sea la vida la que pasa por nosotros sin que mucho podamos hacer

El río de la vida

El río de la vida / Imagen creada con Inteligencia Artificial

Pensó Heráclito para nosotros que nadie se baña dos veces en el mismo río, ni el agua ni el hombre son los mismos la segunda vez. Vivimos convencidos de que somos nosotros los que pasamos por la vida -el tiempo, ese terrible antropófago- y, tal vez, sea la vida la que pasa por nosotros sin que mucho podamos hacer. Siluetas que la corriente arrastra mientras juramos estar quietos. Piedras que el viento erosiona y se lleva, fragmento a fragmento. Borges, que amaba las paradojas, sospechaba que somos el mismo río que nos arrebata, el mismo fuego que nos devora.

La física más reciente nos susurra que la materia es vibración y vacío. Que un instante no es un punto sino una probabilidad temblorosa. Que observar es ya transformar lo observado. Si hasta una partícula puede cambiar al ser mirada, cómo no habría de mudarnos a nosotros mirar, durante años, una vida que se nos confía pequeña y ante nuestros ojos crece hasta navegar ya por su propio cauce. Toda cultura humana, enseñó el antropólogo Lévi-Strauss, no es sino esa paciente travesía de orilla a orilla, en la que unos entregan a otros el fuego que recibieron sin haberlo encendido por sí mismos.

Hay obligaciones que asumidas como ancla se descubren, con el tiempo, convertidas en vela. El deber torna, sin que medie decisión, en vocación; la vocación en costumbre dichosa. La costumbre, esa forma serena de la felicidad que sólo se reconoce en plenitud cuando ya es pasado. La dicha de comprender que cuidar y acompañar no es carga sino el modo más alto de existir. El río, al alejarse, lejos de hacer que se pierda lo entregado, lo convierte en su propia esencia y corriente, semilla que germinará en otras riberas.

Aprendimos, en algún otoño que nos partió, que la muerte no anula lo vivido sino que lo vuelve indeleble, que somos los recuerdos que dejamos esculpidos en quienes nos sobreviven. Que no venza el temor a ver partir lo que amamos. No es lo importante retener; sino acompañar, sostener y soltar a tiempo. El agua que pasa riega orillas que jamás veremos, y en ese riego invisible, secreto y gratuito, se cifra cuanto merecía la pena. Que el río de la vida siga y con él nos siga llevando, sombras evanescentes. A Jimena, en tu graduación universitaria. A Gadea, pronto.

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