Opinión | Siete días y un deseo
Me voy a una isla desierta
Al fin y al cabo, si somos capaces de salvar esa pequeña parcela de sensatez cotidiana, ¿para qué puñetas queremos una isla desierta?

Debate sobre una isla desierta / Imagen creada con Inteligencia Artificial
Una de las amigas del alma nos ha propuesto ir a una isla desierta. La iniciativa la lanzó el otro día en la reunión quincenal que tenemos varios amiguetes alrededor de un café, una caña o lo que se tercie. No se anduvo con rodeos y soltó la bomba: "Me voy. Os invito a una escapada. Algunos ya estáis jubilados y otros estamos a puntito. Por tanto, vistas las circunstancias, creo que lo mejor es desaparecer y experimentar otros modos de ver la vida". Quedamos desconcertados: la filósofa analítica se levantó y se fue al baño; el agricultor pragmático se fue a la barra a por una tapa de tortilla; el maestro escéptico se encogió de hombros, y este narrador se apuntó a la iniciativa. Cuando volvimos al redil, hablamos. "Yo creo que estaría muy bien, pero huir es de cobardes", dijo el amante del campo y los animales silvestres. Su sentencia fue completada por nuestra filósofa de cabecera: "Hay muchas formas de huir: alguien puede quedarse en el lugar de la catástrofe sin hacer nada. Como supuestamente el asunto no te afecta directamente, pues uno se queda con los brazos cruzados y ya está".
Aunque imaginábamos el porqué de la huida, se me ocurrió preguntar cuáles eran los motivos. Y estaban claros: el clima político, la polarización social, el ruido mediático, las redes sociales, el "fango", el agotamiento social, etc. Total, nuestra vida cotidiana. Visto lo que algunos sospechábamos, se me ocurrió lanzar una pregunta de Perogrullo: "Si nos vamos a la isla desierta, ¿se van a solucionar los problemas o nos van a perseguir? Porque somos y seguiremos siendo lo que hemos vivido. Eso no hay Dios que nos lo quite de encima". Pero el dilema era aún mucho más profundo. La filósofa lo resumió perfectamente, como de costumbre: "¿Podemos huir de la sociedad sin huir de nosotros mismos? Es un eco directo de los clásicos, como aquello que decía Séneca de que ‘cambiar de cielo no cambia de ánimo’. Por tanto, ya sabéis mi opinión". Nos quedamos mudos. Miramos el fondo de nuestras tazas y copas vacías, reconociendo en el silencio que la filósofa tenía toda la razón. Llevamos demasiada tierra en los zapatos y demasiadas primaveras en la memoria como para pretender ser náufragos de hoja en blanco.
Al final, el agricultor regresó de la barra con otra ración de tortilla y sentenció que en una isla desierta no hay buen vino y queso de Toro ni lumbre en invierno. Nos reímos, pagamos la ronda y nos despedimos hasta la próxima vez. Nos quedamos en Zamora, claro. Sabedores de que el lunes el telediario nos volverá a indignar, las redes nos volverán a cansar y el ruido político seguirá ahí; pero convencidos también de que, si hay que aguantar el chaparrón del mundo, mejor hacerlo con los tuyos y con un buen café por delante. Porque de nosotros mismos no se puede huir, y bien pensado, tampoco es que lo deseemos. Buscamos el exilio porque estamos exhaustos de un día a día que nos satura. Quizá la solución no consista en el exilio, sino en aprender a discernir, apagar pantallas, dejar de alimentar a los profetas del desastre y mirarnos a la cara. Pero quizá la verdadera isla desierta no esté en ningún Caribe remoto, sino en esa burbuja de calma que a veces aparece cuando nos sentamos alrededor de una mesa y el mundo, por un momento, se queda fuera.
Al fin y al cabo, si somos capaces de salvar esa pequeña parcela de sensatez cotidiana, ¿para qué puñetas queremos una isla desierta?
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