Opinión
Persisten los negros nubarrones
Pero ahora, la situación es aún peor que la de entonces, porque creemos que somos libres, y no hay más que ojear cualquier periódico, de cualquier país, para comprobar que eso no es cierto, ya que el guion sigue siendo el mismo, aunque haya cambiado el decorado.

Imagen creada con Inteligencia Artificial / Imagen creada con Inteligencia Artificial
Aquellos negros nubarrones que traspasaban abusivamente los límites del buen tiempo se acercaban peligrosamente a la recalentada pradera, avisando de la llegada de una tormenta. Pero tan clara manifestación de la naturaleza no fue motivo suficiente para mermar el ánimo de los chavales que, pedaleando sobre sus bicicletas, se habían acercado a pasar la tarde en la pradera de Guimaré.
De poco sirvió el ruido de los truenos anunciando el inminente desenlace de un chaparrón. Porque en esa etapa de la vida no se les da importancia ni a los rayos, ni a los truenos, y llega a importar un rábano que las nubes lleguen a descargar o no una tromba de agua de padre y muy señor mío.
Al poco tiempo llegó lo inevitable. Entre truenos y relámpagos, una potente lluvia comenzó a caer sin conmiseración alguna. El más "leído" y "escuchado" de la pandilla (siempre existe alguno en cualquier grupo) aprovechó para decir que aquellos truenos le recordaban el tercer movimiento del concierto número 2 de "El Verano" de Vivaldi, especialmente en el mágico momento en el que los violines reproducen el sonido de una tormenta. Así se lo explicó a los demás que, atónitos, asistían a tal revelación.
De nada les sirvió buscar un refugio donde poder cobijarse, porque allí no había edificación alguna, y la chopera no invitaba a guarecerse bajo sus ramas, puesto que los árboles atraían a los rayos a modo de antena. De manera que, ante tal adversidad, decidieron aceptar de buen grado el chaparrón, como un regalo que la naturaleza les estaba ofreciendo para suavizar la calorina propia del mes de agosto.
A una de las chicas se le ocurrió decir aquello de que "quien canta su mal espanta", y como era una romántica se puso a interpretar una vieja canción de Gilbert Becaut: "Et maintenant que vais-je faire/ de tout ce temps que será ma vie", en la que el cantante francés se quejaba amargamente de no tener a su amor a mano. "¡Y ahora qué!", decía el resto de la pandilla, mientras el agua les calaba hasta los huesos: ahora lo que toca es mojarse, porque no está la cosa para la poesía, clamaban otros.
Claro que hubo quien se apuntó a imaginar cosas, y creyó ver el mar mientras se mostraba ante sus ojos un simple charco de agua rebosada del pilón de la fuente. Cierto que no faltaban muchos años para que algunos jóvenes de aquellos decidieran seguir los consejos de John Lennon cuando, bien acompañado en la cama por Yoko Ono, imaginaba cosas idílicas en su apartamento de Nueva York: "Imagina que no hay un cielo / Imagina que no hay países / Imagina a todo el mundo / Viviendo la vida en paz". Había que tener mucha imaginación para llegar a imaginarse aquello que decía el Beatle, pocos años después de que se hiciera famoso el eslogan "la imaginación al poder", y un poco antes de resultar asesinado Lennon por un fanático a la puerta de su casa.
Han pasado muchos años desde entonces, y la imaginación no solo no ha llegado al poder, sino que ha sido descapitalizada, y ahora el poder lo ostenta un puñado de mediocres que siguen tomándonos el pelo, aunque, eso sí, con poca gracia y ninguna poesía.
"La libertad no es un bien que poseemos. Es un bien del que, gracias a las leyes, los reglamentos, los prejuicios, y la ignorancia, nos hemos visto despojados", decía otro de los eslóganes del "mayo del 68". Pero ahora, la situación es aún peor que la de entonces, porque creemos que somos libres, y no hay más que ojear cualquier periódico, de cualquier país, para comprobar que eso no es cierto, ya que el guión sigue siendo el mismo, aunque haya cambiado el decorado.
Y es que hasta que no se cumpla aquello de que los que ostentan el poder "desabrochen el cerebro más a menudo que la bragueta", mal lo tenemos. Y si no, otro si digo, aquel otro eslogan del "mayo francés" que demuestra que todo continúa siendo igual o muy parecido. De hecho, "cuando los Parlamentos se han visto convertidos en teatros, todos los teatros deberían convertirse en Parlamentos".
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