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Opinión | desde los tres árboles

Callejeando por la Historia: de Rodrigo y sus desafíos

"Corría el verano del año 710..."

OPINIÓN

OPINIÓN

En el verano del año 710 un concilio formado por nobles y prelados ungió rey a Don Rodrigo. La coronación debía poner fin a las luchas entre los aspirantes al trono, sin embargo, la situación en el reino estaba muy lejos de normalizarse. Los partidarios de Agila, el hijo de Witiza y legítimo heredero, nunca reconocieron al Duque de la Bética como nuevo rey.

Sucede que el empeño de soberanos y legisladores no había evitado la insubordinación de los nobles godos. Es verdad que la sucesión hereditaria solía prevalecer sobre la electiva pero al no formar parte del derecho escrito con frecuencia los príncipes eran privados del trono por aquellos que hacían valer su derecho electivo por la fuerza.

Por otra parte, el carácter turbulento de la aristocracia goda tampoco ayudaba a normalizar una situación ya de por sí explosiva. Las algaradas eran frecuentes, los tumultos constantes. En aquella amalgama de pueblos y razas cada colectivo buscaba el propio beneficio y no había día en que no llegasen a la corte noticias de enfrentamientos más o menos violentos por intereses tribales. La sensación de deterioro en el reino era agobiante.

Apenas coronado, el nuevo monarca se vio obligado a partir hacia el norte para sofocar una insurrección en Vasconia, una más de las muchas a las que sus moradores tenían acostumbrada a la oligarquía goda. Se trataba de gente indomable que no perdía ocasión de tomar las armas por su emancipación y que últimamente andaba más alborotada que de costumbre.

Que los vascones no aceptaban imposiciones era algo sabido en todo el reino. Su hostilidad hacia los godos era manifiesta pero ahora daban un paso más y se empeñaban en hacer público el rechazo a la recién ceñida corona. En contra de lo que algunos pensaron, la entronización de Don Rodrigo no había conseguido acallarlos. Ni a ellos ni a quienes seguían apostando por Agila II, un jovenzuelo de apenas doce años primogénito del rey muerto. Encabezados por Don Oppas y Sisberto conspiraban en su contra desde todos los puntos del reino y amenazaban socavar el recién comenzado reinado. La situación en el país era de completa anarquía.

Por otra parte, las incursiones de los africanos por el sur de la península venían a aumentar el caos. Se trataba de avanzadillas que solían saldarse con pequeñas escaramuzas y saqueos y aunque venían produciéndose desde hacía tiempo nunca merecieron la menor consideración por parte de los reyes godos. Wamba, Ervigio, Égica o, incluso, el recién desaparecido Witiza, sabían de ellas pero más allá del trastorno que ocasionaban a quienes las padecían eran meras anécdotas para la corona de modo que ninguno las tuvo en cuenta. Durante años convivieron con ellas como si se tratase de un mal menor, sin embargo, su frecuencia aumentó y acabaron convirtiéndose en un serio peligro para la estabilidad del reino.

Advertido de que se había producido una nueva invasión, Don Rodrigo se preparó para una acción decisiva que de una vez por todas acabase con aquella amenaza y le permitiera concentrar su energía en aplastar a los belicosos vascones.

Ultimaba el rey el sitio al burgo de Iruña cuando llegaron las noticias: Táriq acababa de cruzar el estrecho al frente de 7.000 hombres. La situación era delicada. Detrás del desembarco esta vez estaba Muza. el gran general del califa al- Walid, de modo que el nieto de Chindasvinto aplazó el encuentro con los vascones y sin pérdida de tiempo ordenó a su sobrino Énneco, Duque de Córdoba, que saliese al paso de los africanos. Cumplió el joven, con creces, el mandato de su tío Rodrigo; les plantó cara con gallardía, pero fue capturado y muerto.

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