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Opinión

Toño García

Toño García

Gestor de activos y divulgador financiero

El poder económico del fútbol

"Las elecciones de los grandes clubes rara vez hablan únicamente de fútbol"

Florentino Pérez, presidente del Real Madrid; y Enrique Riquelme, quien aspira a convertirse a candidato de la presidencia del club blanco.

Florentino Pérez, presidente del Real Madrid; y Enrique Riquelme, quien aspira a convertirse a candidato de la presidencia del club blanco. / AGENCIAS

Hay pocas estructuras empresariales tan singulares como un gran club de fútbol propiedad de sus socios. Frente a las sociedades anónimas deportivas controladas por magnates, fondos de inversión o conglomerados internacionales, aquí el poder formal sigue descansando, al menos en teoría, en miles de aficionados. Y precisamente ahí nace una de las disputas económicas más complejas y fascinantes del deporte moderno.

Cuando la propiedad está tan fragmentada, la presidencia deja de ser un simple cargo deportivo para convertirse en la lucha por dirigir una institución capaz de mover cientos de millones de euros, influir socialmente, condicionar decisiones urbanísticas, proyectar una marca global y ejercer una capacidad de influencia pública difícil de encontrar fuera de la política o las grandes corporaciones. Hace mucho tiempo que el fútbol dejó de ser solo fútbol.

Un gran club puede facturar más que muchas empresas cotizadas de tamaño medio. Gestiona derechos audiovisuales, contratos publicitarios, acuerdos internacionales, patrimonio inmobiliario, financiación bancaria, deuda estructural y masas salariales gigantescas. La emoción pertenece a la grada; el negocio, en cambio, es completamente tangible. Y cuando alrededor de una institución circula tanto dinero, el poder nunca resulta irrelevante.

La figura del presidente se mueve en un terreno híbrido, a medio camino entre director ejecutivo, líder político y gestor emocional. Debe ganar elecciones, negociar con bancos, soportar presión mediática, manejar egos deportivos y mantener viva una ilusión colectiva que rara vez concede tregua. El socio no actúa como un accionista convencional, se comporta más bien como un accionista sentimental. Ese matiz lo cambia todo.

En cualquier empresa tradicional, el accionista suele exigir rentabilidad económica; en un club de socios, muchas veces pesa más la rentabilidad emocional de ganar títulos, fichar estrellas o preservar una determinada identidad puede imponerse fácilmente a la prudencia financiera. Ahí aparece una de las grandes contradicciones del modelo, aunque también una de sus grandes virtudes históricas: convertir un club de fútbol en una estructura empresarial seria y profesional permitió que muchas entidades dejaran atrás modelos casi artesanales para transformarse en organizaciones competitivas, sostenibles y globales. Tratar el fútbol como una empresa nunca fue una traición al deporte. En gran medida, fue precisamente lo que permitió que sobreviviera a su propio crecimiento.

El poder económico del fútbol

El poder económico del fútbol / .

El problema surge cuando la lógica política termina colonizando por completo la lógica económica. Muchos candidatos prometen exactamente aquello que un gestor prudente jamás garantizaría. Fichajes multimillonarios, reducción de deuda, cuotas más bajas, nuevos estadios, competitividad inmediata y éxitos deportivos casi asegurados. Todo a la vez. Las campañas terminan pareciéndose mucho más a unas elecciones generales que a una junta de accionistas. Se construyen relatos, se exageran herencias recibidas, se buscan culpables internos, se movilizan emociones y se promete “devolver la grandeza”. Mientras tanto, el lenguaje financiero queda envuelto en épica deportiva, pero las cuentas no entienden de épica.

Un club puede llenar el estadio cada semana y sufrir tensiones graves de tesorería, puede ganar títulos mientras acumula deuda estructural, puede proyectar una imagen de fortaleza global y depender continuamente de refinanciaciones. El éxito deportivo no siempre coincide con la salud financiera, en ocasiones, incluso la deteriora.

La presión electoral empuja muchas veces hacia el corto plazo. Un presidente sabe perfectamente que el delantero que marca hoy pesa más en la memoria colectiva que el equilibrio presupuestario dentro de cinco años. Por eso algunos mandatos terminan utilizando el futuro económico del club para comprar tranquilidad inmediata. Adelantar ingresos televisivos, aumentar deuda, vender patrimonio o asumir contratos agresivos puede sostener la competitividad presente, aunque el coste futuro termine siendo enorme.

No es muy distinto de lo que ocurre en algunos gobiernos, con la diferencia importante de que aquí la oposición se sienta en la grada y emite sentencia cada fin de semana.

Además, el ecosistema mediático amplifica todavía más esa tensión permanente. Un gran club vive sometido a un ciclo continuo de opinión pública donde cada decisión financiera debe superar un examen emocional diario. El dirigente no compite únicamente contra otros candidatos, también lo hace contra tertulias, redes sociales, exjugadores, empresarios próximos al club y grupos de influencia que orbitan alrededor de la institución, porque alrededor de un gran club siempre aparecen círculos de poder.

Empresarios que buscan notoriedad, agentes deportivos interesados en ganar influencia, patrocinadores que persiguen posicionamiento global, entidades financieras que negocian financiación y actores políticos conscientes del enorme valor simbólico del fútbol. La presidencia de un gran club concede una visibilidad que trasciende por completo lo deportivo, por eso estas batallas rara vez son ingenuas.

Detrás de muchas candidaturas hay estrategia financiera, alianzas empresariales y construcción de poder reputacional, porque el fútbol ofrece algo extraordinariamente difícil de adquirir de forma directa, una legitimidad emocional masiva que posee un valor inmenso.

No resulta casual que algunos presidentes terminen convirtiéndose en figuras empresariales, políticas o mediáticas de enorme relevancia. Gestionar un club de socios significa administrar una de las identidades colectivas más potentes que existen en los modelos económicos.

Aun así, el modelo conserva virtudes difíciles de ignorar. Frente al fútbol convertido en patrimonio de fondos oportunistas, estados soberanos o multimillonarios extranjeros, los clubes de socios mantienen una dimensión sentimental y democrática que conecta con el origen popular del deporte. El club pertenece, al menos formalmente, a quienes sienten los colores y no a un propietario externo capaz de venderlo mañana. Ese vínculo posee un enorme valor histórico.

El problema aparece cuando la emoción desplaza completamente a la racionalidad financiera. Porque ningún club, por grande que sea, puede escapar eternamente de las matemáticas. La deuda acaba pesando, los intereses llegan, los ingresos tienen límites, los ciclos deportivos cambian y cuando la gestión se transforma en una competición constante de popularidad, la tentación de hipotecar el futuro se vuelve demasiado fuerte. La presidencia de un club de socios termina siendo, en el fondo, la administración financiera de una emoción colectiva. Y pocas mezclas resultan tan intensas como esa.

Dinero, identidad, ambición, ego, influencia, masas y relato, todo concentrado en una misma institución. Por eso las elecciones de los grandes clubes rara vez hablan únicamente de fútbol. Lo que realmente se disputa es el control de una maquinaria económica y simbólica gigantesca donde la pelota, muchas veces, no deja de ser la parte más visible del negocio.

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