Opinión | La palabra
Un soplo renovador
Jn 20, 19-23: Creación-Resurrección-Pentecostés

Un soplo renovador
Sucedió anocheciendo. Oscurecía también en los adentros de quienes ¿habían seguido una quimera? Turbados, estaban juntos, encerrados. El primer día de la semana, como en el Génesis, el día que Dios "hizo la luz". Nosotros también vivimos frecuentemente encerrados por el miedo, el cansancio, la desconfianza... Ahí entra él, con un cuerpo diferente al conocido. Entra sin forzar. Por iniciativa propia.
No era un fantasma. Es un cuerpo real, pero transformado. Juan usa una palabra griega para describir las vendas del sepulcro: keímena, "lo que yace". No estaban revueltas ni tiradas: conservaban su forma, pero vacías. Como una crisálida cuando la mariposa ha salido. El cuerpo las había atravesado sin romperlas. Pedro vio ese detalle casi forense, y creyó. A veces la fe se apoya en muy poco. Pero es fe.
Ese cuerpo glorioso entra en la habitación cerrada, sin romper, ni forzar nada. La materia no ha desaparecido: se ha metamorfoseado. Entra donde nos encerramos, sin violentar nuestra libertad. Entra donde nuestra anatomía no podría.
Lo primero que dice es "la paz". Lo repite. Tres veces. Como un don que se entrega progresivamente: nos sorprende… nos asombra… después empieza a posarse. La tercera vez "paz" es misión. Dios respeta nuestra lentitud, va educándonos gradualmente.
Las llagas permanecen. Como trofeos (nada vergonzoso): prueba de que el amor llegó hasta el extremo. Los discípulos las contemplan y el miedo se convierte en alegría. También nuestras heridas –las causadas, las recibidas– pueden ser asumidas en algo más grande que las redima sin borrarlas.
Después, Jesucristo dice: "perdonad" no "id y enseñad o id y organizad". Dice perdonad. Y "sopla" sobre los discípulos. El verbo griego que usa Juan –enephýsesen– aparece solo dos veces en la Biblia: aquí, y en el Génesis, cuando Dios "sopla" sobre el barro y el hombre se convierte en ser vivo. Cita deliberada del evangelista: la resurrección no es solo la vuelta a la vida de un individuo. Es el inicio de una nueva creación. En hebreo y en griego, aliento y espíritu son la misma palabra –ruah, pneuma–. Cuando Jesús sopla y dice "recibid el Espíritu Santo", está haciendo lo que solo Dios puede hacer: dar su propio aliento, como en el primer día. Y la criatura nueva que surge de ese soplo no está definida por su biología sino por su capacidad de transmitir el perdón recibido, la esencia más pura del amor.
La Iglesia naciente no es primariamente una institución doctrinal sino una comunidad perdonadora. Contemporáneamente redescubrimos que quien no perdona queda encadenado a lo que le hicieron. Pero el perdón cristiano va más lejos: nace de una acogida, de una aceptación. El perdón no sucede de una vez para siempre. Hay partes del corazón que solo el tiempo, la oración y la gracia pueden sanar lentamente. El perdón verdadero crece, vuelve sobre sí mismo, necesita ser devuelto a las manos de Dios una y otra vez. Es don antes que tarea. El Espíritu es su protagonista silencioso. Perdonamos siendo canales de aquel que es el amor en persona.
Hay una gracia que se recibe en silencio, sin que sepamos nombrarla. Como un soplo que, dejando poso, nos vincula y desencierra. Nos congrega. NOS RENUEVA. Así entró él, aunque los discípulos no tuviesen las puertas abiertas.
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