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Opinión | Al grano

Invisibilidad

Zamora, sus gentes, sus niños han desaparecido; el extraño fenómeno aún no tiene nombre

Dos vecinos con sus perros en un pueblo de Zamora.

Dos vecinos con sus perros en un pueblo de Zamora. / Archivo

La invisibilidad tiene una condición apreciable, que te puedes meter en las casas de rondón (sin previo aviso) y nadie te va a ver. Te cuelas en los bares a la carrera para escuchar las últimas conversaciones de los últimos parroquianos, animadas por el vaho acolchado del café o sincopadas por la necesidad urgente de hablar con frases cortas que presta el alcohol antes de que le sujetes el vermú a alguien, que entonces te tienes que tragar la perorata. "Tiene muchas ventajas el ser invisible y aún más en Zamora", me dijo hace poco un amigo al que veo de año en año. "Puedes recorrer un pueblo entero sin que nadie te vea". "Ya, pero eso es porque no hay gente, no tiene mérito". "No, eso es porque los pueblos también son invisibles".

Los mayores, los pueblos, el ámbito rural, Zamora es como si no existieran. Nadie los ve. Por eso cada vez hay menos servicios o están más abandonados, nadie se queja porque no son perceptibles. No te pueden quitar servicios ferroviarios porque no existen, son invisibles. En Zamora hay más casas vacías que ocupadas. ¿Qué pasa? Nada, ni las llenas ni las que huelen a humedad son apreciables, es como si nunca hubieran existido.

Paseas por tu pueblo y recuerdas cuando, de niño, en esa casa de ahí, la grande, la que tiene una marca indeleble que nunca entendiste en un sillar de arenisca: una cruz posada sobre un triángulo escorado hacia la derecha, vivían cinco niños que iban a la escuela del pueblo donde aprendían las primeras (y las segundas) letras más de cien aprendices de reveceros. Tú jugabas con el más pequeño, tu quinto (¿qué era eso de los quintos?) en el "sobrao" (ahora se llama buhardilla, pero esa palabra entonces no existía, no había nacido) de la casona que no tenía fin y daba miedo porque la luz, casi apagada, gateaba por un ventanuco, construido con varias tablas sobrantes del cadáver de unas puertas carreteras. El juego era encontrar el tesoro, que nunca aparecía, camuflado y "entoñado" en un arcón repleto de hierros enroscados como los bastardos en primavera. Ahora lo tengo claro: no había tesoro.

Ni tu amigo ni sus cuatro hermanos existen, en la escuela inapreciable de hoy estudian tres niños que no son de este pueblo invisible. Como lo es una primavera como esta, pintada de mil colores, que se sale del marco a borbotones, donde es imposible sujetar el óleo en su sitio sin que manche el paraje de al lado, con las cebadas amanzanadas y los trigos repletos de verde preñado con siena tostado. Pues ni por esas, puro borrón. Es lo que se ve.

Ahora, consciente de mi propia invisibilidad, lo he entendido todo: Zamora no existe, sus más de quinientos núcleos de población de antaño se han evaporado, los zamoranos han desaparecido, nadie llora por ellos, nadie se ocupa de lo que no hay. Pura invisibilidad.

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