Opinión
La infancia y la adolescencia: ni frío, ni calor, solo la aventura
No conocían límites, ni aspiraban a algo concreto. Solo primaban las emociones, y se volvían prioritarios los amigos.

Resultados del plan Renaturaliza en el bosque de Valorio de Zamora: plantación de 4.400 árboles
Era algo así como entrar en el averno aquello de tener que dormir la siesta las tardes de verano, cuando el calor abrasaba los tejados de las casas, y los padres obligaban a los más pequeños a irse un rato a descansar. "¡Anda, échate un ratito!", decían las madres, temerosas de que la calima llegara a deshidratarles en la calle. Pero los críos se encontraban más a gusto fuera de la casa jugando con los amigos. Porque no sentían ese insoportable calor que ellas decían, ni tampoco el frío de los crudos inviernos, cuando los pinganillos de hielo pendían de los aleros del tejado, especialmente de los canalones. Y es que cuando se transita por la etapa de la preadolescencia se llega a soportar todo lo que te venga encima. Por eso, el hecho de pensar que, tras la comida, había que perder el tiempo haciendo una siesta, cuando fuera de casa esperaba la aventura; llegaba a ponerles de los nervios.
Aquellos preadolescentes no llegaron nunca a entender el porqué de aquel castigo que les imponían en los estíos, aunque llegaran a ser conscientes de que en esos meses a lo único fresco que podía aspirarse era a chupar un polo de "La Ibense". Un polo de aquellos que cuando se aspiraba desaparecía el color rojo o el amarillo, según el sabor fuera de fresa o de limón, quedando reducido a un simple pirulí translúcido.
No llegaron a apreciar lo que podía valer una buena siesta hasta que tuvieron que cumplir con la obligación de hacer la mili. Algunos fueron a Monte la Reina, donde los meses de verano y durante dos años consecutivos les pegaban unas buenas zurras haciendo marchas y demás tareas de la milicia, y en las horas siguientes a la comida el termómetro llegaba a romperse. Aquellos soporíferos veranos militares les trajeron una experiencia llena de contradicciones, pues de la misma manera que en el menú del comedor a la "ensaladilla rusa" la denominaban "ensaladilla nacional", y a los "filetes rusos", "filetes imperiales" (cosas del régimen franquista), llegaba a cantarse en euskera el "Agur Xiberua" (uno de los siete territorios vascos, según los nacionalistas) por parte de un escuadrón de caballería, cuando desfilaba por la explanada del campamento.
A lo que íbamos. El ideal en las tardes de verano para los niños y preadolescentes no era precisamente la siesta, sino las aventuras, como la de atravesar uno de los túneles del ferrocarril, concretamente el que desembocaba en el bosque de Valorio que mira hacia Orense. La consecuente incertidumbre de que llegara a pasar algún tren durante el espacio de tiempo que suponía recorrer sus escasos quinientos metros de longitud, le procuraban un suspense añadido. Algo que, lógicamente, llegaban a ignorar los padres, ya que de haberlo sabido no se lo habrían permitido. De haber coincidido su incursión con el paso de algún convoy les hubiera podido jugar una mala pasada por mor del intenso humo que expulsaban las locomotoras diésel a su paso. Nada que ver aquella excitante práctica con la de la siesta, en la que no solo no llegaban a dormirse, sino que tampoco sabían cómo entretener aquel tiempo. A día de hoy, a aquellos inconscientes preadolescentes los peligros les habrían sobrevenido a través del bulling que se viene practicando en los colegios, o a través de las redes sociales, o de la IA, más psicológicos que físicos; pero así son las cosas en cada momento.
El bosque de Valorio, ese gran tesoro urbano, situado a solo cinco minutos del parque de San Martín, era la siguiente estación para la aventura. Valorio, un bosque que una vez que lo has visto no puede olvidarse, ofrecía la posibilidad de fletar un pequeño barquichuelo elaborado a partir de la corteza de un pino, e irlo siguiendo por las aguas del arroyo sorteándolo entre las ramas y las hojas caídas de los árboles, hasta llegar a detenerse en algún remanso. Mientras esto sucedía, las ramas de los sauces llorones miraban con sofoco hacia abajo en busca del agua, y otros árboles, como los robles, encinas y chopos, permanecían erguidos.
Resultaba difícil encontrar a alguien a esas horas tan tempranas de la tarde. Si acaso, alguna vez emergía, sin avisar, la figura del guarda, cuya principal misión era la de evitar que la gente llegara a traspasar las zonas acotadas. Ese era el mejor momento para disponerse a capturar una rana o al menos algún renacuajo que, una vez anotado como trofeo, se volvía a devolver a las aguas del arroyo. Mientras, las mariposas no se daban por enteradas y saltaban de planta en planta aleteando como si tal cosa. Quizás la más osada de ellas fuera una de casi diez centímetros de envergadura, de colores negro y amarillo, que alguno llegó a identificarla como una "Macaón". Pero vaya usted a saber cuál sería su nombre verdadero, porque por entonces no existía la Wikipedia y no había manera de comprobarlo.
Había gran variedad de pájaros, como los picapinos, carpinteros, ruiseñores, arrendajos y abubillas, cuyos trinos, gorjeos y reclamos eran fáciles de identificar dado el silencio reinante. Solo lo rompía el ruido de los pocos trenes que bordeando la carretera de la Hiniesta se dirigían hacia Galicia. De esos trenes con los que, afortunadamente, nunca llegaron a coincidir mientras atravesaban el túnel.
La excursión solía tener como límite el espacio que precede a los prados de Valderrey, en el Puente Croix, cuyo nombre le venía del apellido de un militar aristócrata que lo mandó construir a finales del S.XVIII.
Pues eso, que para los niños y preadolescentes no existía el frío ni el calor, porque por encima de todo prevalecía la aventura. No conocían límites, ni aspiraban a algo concreto. Solo primaban las emociones, y se volvían prioritarios los amigos. Imperaba la sensación de invulnerabilidad. Eso, claro, era en el siglo XX. Ahora, en el S.XXI, hay quien considera que ese periodo de la vida es, simplemente, algo relacionado con la entropía. Pero para los que llegaron a disfrutar de Valorio en su infancia, aunque se encuentren en cualquier otra parte del mundo, aquella imagen la tienen sellada para siempre en la memoria.
Suscríbete para seguir leyendo
- Rafael Sánchez Olea, director general de Cobadu: 'Somos los mayores fabricantes de pienso en España y Europa en una sola planta
- Emoción y bravura en el encierro campero de las fiestas de Coreses
- El incendio de Hermisende mejora en Zamora: el 70% del perímetro está asegurado y el frente más activo se desplaza a Portugal
- Óscar Cano, entrenador del Zamora CF, tras superar al Atlético de Madrid 'B': 'La prueba ha sido de diez
- El Zamora CF gana al Atlético de Madrid 'B' por 1-2: El progreso rojiblanco da el primer triunfo de pretemporada a los rojiblancos
- El reto solidario de Brosjaca contra el cáncer acaba en la Policía Municipal de Zamora: “Pensaba que íbamos a dormir entre rejas”
- Los rayos sobre dos grandes pinos provocan dos incendios en plena Sierra de la Culebra
- El Mercado Medieval de Puebla de Sanabria 'sobrevive' a una imponente tormenta
