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Opinión | Siete días y un deseo

San Isidro, Ayuso y otras formas de ver

OPINIÓN | Todos rogábamos al santo que cuidara los campos, que era tanto como implorar a la providencia, al cielo, a Dios, que las tierras fueran generosas con sus frutos

Isabel Díaz Ayuso.

Isabel Díaz Ayuso.

San Isidro. Mientras escribo estas palabras, escucho de fondo los sonidos de las campanas y de los cohetes en el pueblo donde resido. Se celebra San Isidro casi a la vieja usanza. Curiosamente, acabo de leer también una interesante reflexión —como todas las que escribe— de Juan Francisco Blanco sobre los patronazgos campesinos. Inevitablemente, los sonidos y las letras me llevan a mi infancia, cuando San Isidro salía de la iglesia a hombros de cuatro campesinos y recorría —si no me falla la memoria— los caminos hacia Villafáfila, Villarrín de Campos o Bretó, y pasaba también por La Cierva, esa pradera que sirvió primero para trillar y, mucho después, de campo de fútbol para los jóvenes. Por esos lugares andaba San Isidro, a hombros, mientras las mujeres, los mozos y los chavales cantábamos y rezábamos las plegarias señaladas para la ocasión. Todos rogábamos al santo que cuidara los campos, que era tanto como implorar a la providencia, al cielo, a Dios, que las tierras fueran generosas con sus frutos, pues de ello dependía el bienestar de la gente del pueblo. Yo creía que eso era posible, pero luego dejé de creer. Y ahora me dedico a recordarlo.

Ayuso. Hablo de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. Cinco personas la describen así: "La que quiere ser y no es; la que no se conforma con lo que hace en su puesto de mando porque aspira a objetivos mucho más altos; la que genera episodios de confrontación política sin asumir plenamente sus responsabilidades; la que habla de los hechos históricos sin conocimiento suficiente de quién fue A y lo significó B; la que, cuando interviene, necesita un guion de apoyo porque, si se aparta de él, pierde el hilo; la que convierte el debate político en un escenario permanente de confrontación, donde todo se interpreta en clave de choque". Y otras cinco, como sigue: "La que los tiene bien puestos, mientras otros agachan la cabeza; la que reivindica el pasado y las viejas glorias, porque sin ellas no somos nada; la que señala el camino correcto de la libertad, ese que debemos recorrer para alcanzar las mayores cotas de bienestar; la que ha construido una identidad política reconocible, basada en la cercanía, la contundencia y la apelación directa al ciudadano". En fin, dos relatos distintos sobre una misma figura. Ahora, que cada lector saque sus conclusiones.

San Isidro, mientras tanto, sigue su recorrido entre campanas y cohetes. También ahí, en lo que parece inmutable, se van fijando distintas formas de recordar. No hay una sola memoria de la procesión. Para unos fue devoción compartida; para otros, una costumbre repetida sin más. El mismo hecho admite miradas distintas, que conviven —o más bien deben hacerlo— sin necesidad de imponerse una sobre otra. Quizá por eso el paso hacia lo político no resulta tan extraño. También allí los hechos se convierten en relatos, y los relatos en maneras de ver a una misma realidad. Lo que para unos es firmeza, para otros es exceso; lo que para unos es liderazgo, para otros es confrontación. Todo depende del lugar desde el que se mire y de la distancia con que se recuerde. No se trata tanto de decidir quién tiene razón como de advertir cómo se construyen esas razones. Igual que ocurre con la memoria de San Isidro Labrador, lo político también se organiza en torno a versiones que no siempre coinciden entre sí.

Y quizá lo único cierto sea eso: que tanto la fiesta como el debate público acaban siendo una suma de miradas que rara vez se encuentran del todo.

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