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Opinión | Religión

A María por Jesús (I)

La eucaristía es lo más grande que tenemos y vivimos los cristianos

Solemne eucaristía presidida por el Obispo, D. Fernando Valera

Solemne eucaristía presidida por el Obispo, D. Fernando Valera / Archivo

La eucaristía es lo más grande que tenemos y vivimos los cristianos. En nuestro camino de fe nos ayuda acercarnos a contemplar y agradecer el milagro de la misa, su misterio inabarcable, de la mano de María.

Para empezar, pensemos por unos instantes, cuando el Verbo de Dios se hizo carne, ¿de quién tomó carne y sangre? De la que era su madre. La carne de Cristo es, por ello, la carne de María. La eucaristía guarda, pues, relación directa con la Encarnación. María, al ofrecer su seno virginal, para que en él Dios se hiciera hombre, recibió a Dios mismo, que vino a habitar en su seno.

Nosotros, al comulgar en cada misa, recibimos de manera sacramental el cuerpo y la sangre adorables del Señor. Se da, pues, una profunda analogía entre el fiat creyente, que pronunció María en el momento de la Anunciación del ángel, y el amén creyente, que pronunciamos los católicos en el momento de recibir la comunión. Estamos ante un misterio que supera nuestra capacidad de comprensión y que ha de ser acogido en fe.

Avanzando un poco más pensemos igualmente cuando María, embarazada de Jesús, emprendió el viaje arriesgado de la caridad hacia las montañas de Judea para atender a su pariente Isabel. María era una preciosa custodia procesionando el Corpus Christi. Dentro de un mes, como cada año, seguirá recorriendo las calles y plazas de nuestros pueblos y ciudades. Ninguna de las necesidades que nos afectan a los hombres y mujeres de todo el mundo, escapa a la mirada compasiva de Cristo presente en cada custodia.

Poco tiempo después de aquella primera procesión del Corpus, nace en Belén (que significa "casa de pan") el pan vivo bajado del cielo. Del interior de una cueva, en las afueras de aquella pequeña aldea, salió la fragancia de un pan bendito, recién sacado del horno de María Virgen. La fragancia subió al cielo y bajaron los ángeles; se extendió por el valle y se acercaron los pastores. Solo los habitantes de Belén, muy ocupados en comer sus propias hogazas, no percibieron el aroma de aquel nuevo pan.

Dios es tan grande que por nosotros se ha hecho tan pequeño, tan accesible: se hace pan y permanece como tal entre nosotros, para ser comido y comulgado. Se hace alimento al alcance de la mano, como pan nuestro de cada día, para los que nos sentimos débiles. Y ahí permanece oculto y callado en cada sagrario del mundo, en cada capilla de adoración perpetua, para quien quiera aprovechar y disfrutar de su presencia viva y vivificante.

Él es el único pan capaz de saciar todos los tipos de hambre del ser humano. Invertir tiempo en este banco del cielo es garantía de vida eterna.

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