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Opinión | Siete días y un deseo

Fotografía, memoria y compromiso

Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no sea avanzar más rápido, sino aprender de nuevo a pensar juntos

OPINIÓN

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En tiempos de prisa y desconexión, todavía existen gestos capaces de obligarnos a detenernos: un reencuentro, una conversación que se prolonga más de lo previsto, una fotografía tomada casi sin pretensión alguna. Así ocurrió el viernes 8 de mayo en Benavente, durante la celebración del Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, instituido en honor a Henry Dunant, impulsor del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y primer Premio Nobel de la Paz. No fue un acto extraordinario en sus formas, pero sí en su textura humana. El verdadero valor de la jornada no residió en su dimensión institucional, sino en la persistencia de los vínculos: personas que se reencuentran meses después y descubren que ciertas lealtades permanecen, aunque el tiempo haya transformado casi todo lo demás. En ese contexto, la fotografía de grupo deja de ser un simple registro para convertirse en una pequeña resistencia frente al olvido.

Tras ese momento de comunidad, la experiencia se trasladó a la Casa Solita, junto al mirador de la Mota. Allí aguardaba el montaje de una exposición fotográfica realizada por jóvenes de la Universidad de Salamanca en el curso 2021-2022, en torno a los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La muestra, compuesta por cuarenta fotografías, forma parte de un proyecto de innovación docente que ha viajado por distintos espacios educativos y culturales. Pero más allá de su itinerancia, lo relevante es la pregunta que plantea: ¿qué tipo de ciudadanía estamos formando cuando sacamos el aula a la calle y devolvemos la calle al aula? Para ello, cinco docentes y centenares de estudiantes universitarios impulsamos esta iniciativa bajo un lema que ha perdurado en sucesivas ediciones: "El aula en la calle y la calle en el aula". Porque en ese cruce entre universidad y vida cotidiana se dirime algo más profundo que una experiencia pedagógica: se juega una forma de entender la educación como compromiso con la realidad.

Las imágenes que podrán contemplarse durante la próxima semana no pretenden ilustrar un mensaje cerrado, sino interrogarlo. Observan lo cotidiano —el trabajo, el hogar, la calle, el ocio, el campo, la escuela— como escenarios donde se disputan cuestiones mucho más amplias de lo que aparentan. En un tiempo en el que la sostenibilidad corre el riesgo de vaciarse en eslogan, estas fotografías recuerdan una verdad esencial: cuidar del planeta comienza por cuidar de las personas. Mientras organizábamos el material, una convicción regresaba una y otra vez: el arte no solo representa la realidad, también la cuestiona. Y en esa interpelación se juega buena parte del futuro de nuestra convivencia. Se juega la posibilidad de construir una ciudadanía crítica, capaz de leer su entorno y reconocerse en él.

Durante esta semana, Benavente encarna precisamente esa posibilidad: la de una ciudadanía activa, una memoria compartida y una educación crítica. Allí se abre también una invitación a repensar, colectivamente, la sociedad que deseamos construir. Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no sea avanzar más rápido, sino aprender de nuevo a pensar juntos. Frente a una época inclinada a fragmentar la experiencia colectiva, estos proyectos recuerdan que educar también consiste en tejer vínculo social. La Casa Solita será, durante estos días, uno de esos lugares para la conversación necesaria. Una ciudadanía consciente no surge por azar: se educa, se comparte y se construye, fotografía a fotografía, encuentro a encuentro.

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