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Opinión

Creer y pensar

"La ciencia es una herramienta extraordinaria para comprender el funcionamiento del mundo físico. Pero no puede sustituir por sí sola a la filosofía, a la ética o a la cultura que durante siglos ha construido Europa"

Ilustración

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Hay una pregunta que me hacen bastante a menudo desde que escribo sobre ciencia. A veces con curiosidad sincera y otras casi con sorpresa. ¿Cómo puedes defender una visión rigurosa y científica del mundo y al mismo tiempo ser cristiano? Como si ambas cosas fueran incompatibles. Y quizá eso dice bastante del momento en el que vivimos.

Este jueves tengo además el honor de presentar a Jaime Mayor Oreja, una persona que lleva años insistiendo en una idea que, compartida o no, merece al menos reflexión. Que Occidente, sin cristianismo, acaba perdiendo parte de su alma. Y creo que detrás de esa frase hay algo mucho más profundo de lo que a veces parece.

Porque el cristianismo no es solo una cuestión privada o espiritual. También forma parte de la historia intelectual, cultural y moral de Europa. Está en nuestras universidades, en nuestro arte, en nuestras leyes, en nuestra forma de entender la dignidad humana o incluso en la idea de que cada persona tiene un valor intrínseco.

A veces olvidamos hasta qué punto vivimos rodeados de raíces cristianas aunque muchos ya no las perciban. Y eso no entra necesariamente en conflicto con la ciencia.

De hecho, algunos de los científicos más importantes de la historia fueron creyentes. Isaac Newton dedicó años enteros a cuestiones teológicas. Gregor Mendel, considerado el padre de la genética moderna, era monje. Georges Lemaître, sacerdote católico y físico, fue quien propuso la teoría inicial de lo que hoy conocemos como Big Bang.

El hecho de que el universo siga patrones matemáticos que nuestra mente puede entender ha llevado a muchos científicos, creyentes o no, a preguntarse por el origen último de ese orden. Eso no convierte la física en catequesis, claro. Ni la religión sustituye al método científico. Son planos distintos. Y precisamente por eso pueden convivir

Y no, no eran científicos “a pesar” de su fe. Eran científicos de primer nivel que no veían contradicción entre estudiar el universo y preguntarse por algo más. Porque la ciencia explica muchas cosas. Muchísimas. Explica cómo se forman las estrellas, cómo funciona una célula o por qué envejece el cuerpo humano. Explica el “cómo” con una precisión extraordinaria. Pero hay preguntas distintas.

Preguntas sobre el sentido, sobre la moral, sobre por qué existe algo en lugar de nada, sobre qué hacemos aquí o por qué el ser humano necesita trascendencia. Y ahí la ciencia, simplemente, no entra. No porque falle, sino porque no es su terreno.

A veces parece que vivimos en una época empeñada en reducirlo todo a lo material, a lo medible, a lo inmediato. Como si aquello que no pudiera pesarse o expresarse en una ecuación careciera automáticamente de valor. Y sinceramente, creo que eso empobrece bastante al ser humano.

La propia existencia de leyes físicas ordenadas y comprensibles ya resulta fascinante. El hecho de que el universo siga patrones matemáticos que nuestra mente puede entender ha llevado a muchos científicos, creyentes o no, a preguntarse por el origen último de ese orden. Eso no convierte la física en catequesis, claro. Ni la religión sustituye al método científico. Son planos distintos. Y precisamente por eso pueden convivir.

Lo que sí me parece peligroso es otra cosa. Confundir ciencia con ideología. Pensar que la ciencia obliga automáticamente a una determinada visión política, moral o espiritual. No es verdad. La ciencia es una herramienta extraordinaria para comprender el funcionamiento del mundo físico. Pero no puede sustituir por sí sola a la filosofía, a la ética o a la cultura que durante siglos ha construido Europa. Y en esa construcción el cristianismo ha sido decisivo.

Incluso quienes hoy no tienen fe viven muchas veces dentro de una herencia cultural cristiana sin darse cuenta. La idea del perdón, de la compasión, de la igualdad moral entre personas, de la dignidad del débil… todo eso no apareció por generación espontánea.

Tiene una historia. Por eso quizá la pregunta importante no sea si un científico puede creer en Dios. La historia demuestra que sí. La pregunta quizá sea otra. Qué ocurre cuando una sociedad pierde completamente sus raíces y empieza a olvidar de dónde vienen muchas de las cosas que la hicieron precisamente lo que es.

Físico

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