Opinión | Al grano
Alberto
El torero de Villamor, víctima del trato de una provincia que no quiere a sus hijos

Alberto Durán, en la última corrida de la feria de San Pedro en la que participó. / Archivo
Hay personas marcadas aparentemente por el infortunio, al menos en aspectos concretos de su vida, que el interior o el alma no se reflejan en un espejo, no se ven. Ya el saber popular, que es sabio porque juega con todos los números de la lotería, lo expresa con la máxima universal "afortunado en el juego, desafortunado en amores" y al revés, o la de "el que no se consuela es porque no quiere". Alberto Durán ha sido muy desafortunado en su condición de torero, que es lo que quería decir desde el principio. En lo demás, no me meto.
El villamorano (de Villamor de los Escuderos) ha tenido muy mala suerte como torero. Porque es injusto que no haya triunfado en una profesión, muy exigente, eso sí, cuando atesora las mejores condiciones para ejercerla. Su tauromaquia es de trazo fino, como el agua de abril que cala hasta el fondo porque la tierra, deseante, la chupa y la transforma en hurmiento. Sus faenas quedan dibujadas en el aire y duran más allá del tiempo ordinario porque vuelan sobre alas de mariposa. Y son eternas porque muchas de ellas están inacabadas o por el fallo a espadas o porque están salpicadas de sangre.
Volvió Alberto a vestirse de luces el domingo fuera de su tierra y de nuevo, como hace dos años, fue llevado en volandas a la enfermería. Y no, no es porque sea un torero tremendista, que busque la cogida como redención. Es la necesidad, la pulsión de alguien convencido de que lleva dentro algo que necesita dar a los demás. Y tanto lo ansía, tanto se vacía, que se queda desnudo, sin alamares bajo los que protegerse. Brindó a su madre, se acordó de su padre y se fue hacia el toro: o a hombros o a la enfermería.
No son buenas las urgencias, pero quien se siente torero de entraña y torea una vez al año no puede quedarse nada dentro. Y tiene mucho arte vertical el de Villamor, el que se clava dentro y tarda en salir. Lo vi torear dos vaquillas hace nada y con él anduvo el duende, que hasta Morante, el más grande, se ha quedado con ese detalle.
Qué pena que Alberto tenga su némesis en su propia tierra. Triunfó en la plaza de Zamora hace años y no ha vuelto a ser anunciado, ni con la anterior empresa ni con la actual (así no, así no se hacen las cosas). Ahora, tras la grave cogida del domingo, tendrá que decidir sobre su destino. Haga lo que haga, estará en el libro de la tauromaquia zamorana porque es un gran torero, el mejor, el nuestro. n
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