Opinión | DESDE LOS TRES ÁRBOLES
Callejeando por la Historia: Almanzor (I)
"Cuentan que, a la muerte de Subh, el ya todopoderoso Almanzor caminaba descalzo detrás del féretro profiriendo grandes sollozos"

Ilustración.
En el año 961, muerto Abderrahmán III, es proclamado califa su hijo Al- Hakam. Ambos representan la época dorada del califato cordobés.
Respecto al segundo, existe la leyenda de que su empeño por mantener la línea sucesoria estaba acompañado de una clara afición a los efebos cortesanos. Su absoluto desdén por los asuntos de Estado se traducía en la dejación de funciones y en la obligación, por tanto, de delegar. Con él comenzó la dictadura de los validos que habría de ser decisiva en el final del califato andalusí ...
Subh, Aurora en las crónicas cristianas, es una joven inteligente que canta con voz dulce y recita poesías. Ha llegado a la corte cordobesa procedente del norte de la península y pronto el viejo califa Al- Hakam la convierte en su esclava favorita. Habiéndole dado un hijo la convierte en primera dama de la ciudad y en el colmo de la dicha le regala una urna de marfil conocida como el "Bote de Zamora", un pequeño cofre primorosamente labrado del que toda Córdoba hablaba. ¡Todo le parecía insuficiente al anciano para agasajar a la mujer que más amaba!
Ahora, recién muerto Al- Hakam, la vascona se proclama regente en tanto su hijo Hisham alcanza la mayoría de edad. Una situación que ni en el más dulce de los sueños hubiera podido imaginar, sin embargo, la situación no es fácil. Corría el año 976 de la era cristiana.
Cuentan que en la primera noche del nuevo califato fueron ajusticiados quienes aspiraban al trono reservado al niño heredero. Todo valía con tal de no tener un Omeya adulto en una corte dominada por generales conspiradores. Uno de ellos era Mahomat Abenamir. Se trataba de un joven inteligente y sagaz y siendo un muchacho Subh lo había llevado a palacio como administrador de sus propiedades. Su ambición no tenía límites.
El joven pronto se convirtió en visir y, según insinúan las crónicas, en asiduo visitante de los aposentos de la viuda del califa. Su hombría, dicen, vendría a consolar la soledad de aquella generosa mujer que siguiendo la moda impuesta por Bagdag no había tenido reparo en vestir ropajes masculinos y adoptar modales de efebo para deleite del rey muerto.
Después de haberla utilizado, Mahomat Abenamir la aisló por completo y pretextando protegerla la recluyó junto al pequeño Hisham en un alcázar que circunvaló con un foso. Día y noche su guardia personal vigilaba las cuatro puertas con la orden expresa de impedir el paso a quien lo intentase. Nadie, ni cristiano ni musulmán, podía traspasarlas. ¡Absolutamente nadie!… ¡Ni siquiera acercarse a ellas, so pena de ejecución!
De esta forma insidiosa, entre intrigas palaciegas y confidencias de alcoba, aquel joven que había entrado en palacio por sus exquisitos modales y buena caligrafía acabó asumiendo el control del califato. Con el paso del tiempo los cristianos lo conocerían con el nombre de Almanzor, "El Victorioso", y de su mano Córdoba alcanzaría un esplendor jamás conocido.
Cuentan que, a la muerte de Subh, el ya todopoderoso Almanzor caminaba descalzo detrás del féretro profiriendo grandes sollozos y que llegado al Alcázar depositó en su tumba una limosna de cientos de miles de dinares para que toda Córdoba fuese testigo de "su profundo e inmenso dolor".
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