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Opinión | Cuzeando en la Ciencia

La física del sindicalismo

Para que haya trabajo, en el sentido más habitual en mecánica, tienen que darse dos cosas. Una fuerza y un desplazamiento. Si no hay movimiento, no hay trabajo.

Así se ha vivido la manifestación del día del trabajador

Así se ha vivido la manifestación del día del trabajador

Hay palabras que usamos todos los días sin pensar demasiado en lo que significan. "Trabajo" es una de ellas. Ayer mismo, 1 de mayo, se celebraba el día del trabajador. Discursos, reivindicaciones, declaraciones… todo girando en torno a esa idea.

Y, sin embargo, en física "trabajo" tiene un significado muy concreto. No es cualquier esfuerzo. No es cualquier actividad. Para que haya trabajo, en el sentido más habitual en mecánica, tienen que darse dos cosas. Una fuerza y un desplazamiento. Si no hay movimiento, no hay trabajo. Puedes empujar una pared durante horas, agotarte, sudar... pero si la pared no se mueve, desde el punto de vista físico no has realizado trabajo. Obviando, claro, otras formas como el trabajo termodinámico, que también existe y se define de otra manera.

Es una definición fría, casi incómoda. Pero muy útil. Porque introduce un matiz importante. No todo esfuerzo se traduce en un resultado. No todo desgaste implica avance. Y eso, sacado del laboratorio, tiene bastante recorrido.

El trabajo, además, está directamente ligado a la energía. Para mover algo hace falta transferir energía. Cambiar el estado de un sistema. Transformar una situación inicial en otra distinta. Esa es la clave. Sin cambio real, la energía no se traduce en trabajo efectivo.

Y aquí es donde la analogía empieza a ser inevitable. En el ámbito laboral y social se habla constantemente de lucha, de esfuerzo, de defensa de derechos. Y es lógico que así sea. Pero conviene preguntarse de vez en cuando si todo ese esfuerzo genera realmente un desplazamiento. Si cambia algo. Si produce ese "trabajo" en el sentido más estricto.

Porque no siempre ocurre. En los últimos años hemos visto cómo ciertas organizaciones han sido muy activas en algunos contextos y sorprendentemente discretas en otros. No hace tanto, con precios de la energía en niveles que hoy parecen casi modestos, las calles se llenaban de protestas. Se hablaba de situaciones insostenibles, de urgencia social, de necesidad de respuesta inmediata.

Poco después, con cifras mucho más elevadas, con una inflación disparada y con un contexto económico objetivamente más duro para muchas familias, el tono cambió. No desapareció del todo, pero sí se volvió más contenido. Más selectivo.

Y eso genera una sensación difícil de ignorar. Porque si el criterio para movilizarse no es constante, si depende del momento político o de quién esté al frente, entonces el esfuerzo pierde parte de su sentido. Se parece más a empujar una pared que no se mueve que a generar un cambio real.

Desde un punto de vista casi técnico, es como aplicar fuerza sin conseguir desplazamiento. Mucho gasto de energía. Poco trabajo efectivo.

No se trata de negar la importancia de las organizaciones que representan a los trabajadores. Han sido, y siguen siendo, una pieza relevante en muchos avances sociales. Pero precisamente por eso se les debe exigir coherencia. Continuidad. Independencia. Porque cuando esa coherencia se diluye, cuando la intensidad de la acción varía en función del contexto político más que de la realidad que viven los trabajadores, algo no encaja.

Y la gente lo percibe. Quizá no con fórmulas ni con definiciones físicas, pero sí con intuición. Se nota cuándo el esfuerzo busca realmente cambiar algo y cuándo se queda en gesto. En declaración. En ruido sin desplazamiento.

Al final, la física es bastante honesta en esto. Si no hay cambio, no hay trabajo. Si no hay resultado, la energía se ha disipado. Y quizá convendría aplicar esa misma lógica, de vez en cuando, fuera de los libros.

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