Opinión | Al grano
Zamora, tierra de despedidas
La Semana Santa que acabamos de cerrar ha sido histórica, por eso también duelen más las separaciones

Zamoranos y visitantes admiran la imagen de la Virgen de la Esperanza el pasado Jueves Santo. / José Luis Fernández
Nunca se acostumbra uno a las despedidas, sobre todo cuando los que se van son los hijos. Y no, no me estoy refiriendo al adiós definitivo, que ese debe ser tan duro que nadie ha inventado una palabra con recorrido para quedarse, al menos en la lengua española. Se dice huérfano cuando un hijo se queda sin padres, pero no hay término que defina cuando los padres se quedan sin hijos: el dolor no se escribe, se siente, y ese, el de la pérdida absoluta no hay palabra que lo delimite ni lo contenga, no existe su representación abstracta.
De lo que quiero hablar en este artículo es de las despedidas temporales, de las que tienen vuelta, de las que se diluyen gracias a los regresos, a las acogidas. Aquí, en Zamora, en eso somos especialistas: en despedidas (más) y regresos de hijos ausentes. Nuestra generación, la de los "baby boomers", está acostumbrada a este trasiego de sentimientos. Dimos por hecho hace años que nuestros hijos debían salir de la provincia para trabajar, para vivir alejados de nosotros, para crecer profesionalmente; admitimos como si nada el fracaso generacional que supone ser incapaces de dar empleo a nuestros vástagos, tiramos la toalla.
Y lo hicimos porque nuestros padres ya nos habían entrenado para ello. Nos empujaron a marcharnos para formarnos fuera de su propio ámbito, el que habían heredado de sus antepasados sin romperse durante cientos de generaciones. Nos formamos y nos fuimos un poco, no del todo. Supuestamente —aunque eso es discutible— ascendimos socialmente gracias a la educación reglada.
El modelo lo hemos agrandado y lo hemos institucionalizado. Ahora parece obligatorio marcharse de aquí para ¿triunfar? Zamora siempre tierra de acogida es ahora —lo lleva haciendo muchas décadas— madrastra de sus propios hijos. Se van fuera y en el camino criarán otros hijos —cuando así sea y si es— que ya no serán zamoranos. Se van del todo y vuelven solo en vacaciones o en Semana Santa, como ha ocurrido ahora.
Estos días, agotadas las fiestas, estaciones y carreteras de la provincia se convierten en lugares de paso, pero más aún de emociones contrapuestas. La Semana Santa que acabamos de vivir ha sido espectacular por muchas cosas y por tanto de las que dejan huella. También las despedidas, aún más sentidas si cabe. Ahí quedan prendidas en el alma y golpeando los bajos. Otra vez nos han vuelto a recordar que esta tierra no se porta bien con sus hijos. ¿Qué culpa tendrá la tierra, verdad? A alguien hay que echársela.
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