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Opinión

Todos queremos ser colibrí

OPINIÓN | El pueblo que mantiene bar abierto, propiedad del ayuntamiento o privada, son pueblos de presente

Recreación de la cantina de Villabrázaro.

Recreación de la cantina de Villabrázaro. / E. P.

Cuando veo, frecuento y pienso en un bar de pueblo, de nuestros muchos pueblos, con menos de 200 habitantes, me recuerdo aquel artículo de nuestra Directora (31 de diciembre 2025, la fuerza del Colibrí). Todos sabemos y hablamos de la importancia de estos lugares de ocio, recreo, encuentro, distracción, tertulia, socialización y son menos quienes aportan o aportamos como o el colibrí nuestra gota de agua para mantenerlos vivos. En invierno los pueblos flaquean, sus habitantes emigran en busca de calor y compañía a la ciudad y si el bar se cierra o no recibe visitantes, los pocos que quedan permanecen en sus casas aislados. Y si la iglesia tampoco se abre, las posibilidades de ver a alguien disminuyen.

Ahora con el buen tiempo, llegada de la primavera, los días más largos, faenas en los huertos, es más fácil mantener abierto un bar en cada pueblo. Nunca será un gran negocio. Ni en invierno, ni en verano. Es obra de héroes y personas sacrificadas y complacientes Cumple eso si muchas, variadas y valiosas funciones que hacen la convivencia más agradable y la vida más llevadera. Se habla, se discute, se informa, se recibe bien a los que vienen de otros pueblos. Es la casa de todos.

He visto cómo la partida de cartas de varones o de mujeres distraen y ejercitan la observación, el recuerdo, el pensamiento. Entretienen a los que juegan y a los que miran. Y no son competitivos. Se juega por compañerismo, por distracción, por pasar el tiempo de forma amena y amistosa. Se cultiva la generosidad y el altruismo. Todos quieren pagar una ronda. No se excluye ni se desprecia al novato. Es un buen ejercicio de inclusión. Tampoco se presume, ni se ambiciona por ganar a toda costa. Eso sí se disfruta ganando si los contrincantes son más duchos y hábiles en el oficio de los naipes.

Algunas veces se oyen voces más altas que otras, pero sin desacreditar, ni insultar, son simplemente por la mala jugada del compañero o propia. Alguno atropa a todos los santos en su disgusto, peo no pasa un segundo y la serenidad ha vuelto a las mesas. Cada partida que se forma es una alegría colectiva en el bar y se animan los presentes a consumir algo. Una ronda se oye y Ángel o su esposa Ingrid se afanan y esmeran como otros muchos en los bares rurales de la provincia en cumplir los deseos.

De todas formas, con las ganancias no se hace rico ningún servidor de la barra que tiene que tener mucha paciencia y prudencia para cumplir su misión. Es muy meritorio los bares en pueblos en nuestra provincia que son la mayoría, que se mantienen abiertos para ofrecer un lugar caliente y amistoso al transeúnte que son pocos y al pueblo que a veces son menos. Y sin embargo estos lugares de encuentro son muy importantes y bien hacen ayuntamientos en construirlos donde no hay y Diputación y Junta en protegerles, ayudarles. Conservan pueblos vivos y convivencia agradable y los que acuden o acudimos bien haremos por consumir las buenas tapas que preparan con esmero y echar una partida, aunque no seamos unos linces en el manejo del Naipe.

Hay expertos como Julio, Miguel, Jesús, Vicente, Primitivo, por nombrar algunas espadas, verdaderas matrículas de honor en la cuenta de los triunfos que salen o que faltan o en contabilidad propia y ajena. Y si cae un inexperto, como yo, bien hacen en enseñarle como mucha paciencia en al arte de divertirse mezclando sabiamente las cuarenta cartas.

El pueblo que mantiene bar abierto, propiedad del ayuntamiento o privada, son pueblos de presente. Hasta Don Manuel Fraga Iribarne., Catedrático de la Complutense y Ministro en los años 60 lo supo y fundó los teleclubes, unos 6.000, con buenas subvenciones en los pueblos que quisieron recibirlos y colaborar. El primero de España se instaló en Matilla la Seca, provincia de Zamora. En aquella ocasión fuimos pioneros y era el cura su presidente, como en todos los teleclubes. Tal vez por eso nuestro cura Don Héctor cuando acaba la celebración va al bar con las y los parroquianos. Tal vez llegue el tiempo en que primero venga al bar y desde allí con todos vaya a la iglesia. Muchos colibrí hubo y más que se necesitan para mantener nuestro rescoldo de convivencia, el bar, en los pueblos.

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