Opinión | Siete días y un deseo
La vergüenza de callar

Fachada de la sede del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), con sede en Estrasburgo (Francia). / EFE
Cuando veo en televisión a esos personajes que están haciendo tanto daño a la humanidad, siento una profunda vergüenza. No pronunciaré sus nombres, por si los servicios de inteligencia controlan el texto que usted está leyendo y paso a formar parte de esa lista negra en la que acaban los ciudadanos que ellos llaman "indeseables". Por si alguien tiene alguna duda, lo escribiré claro y, si tuviera un altavoz, lo diría muy alto: quiero que se respeten los derechos humanos en cualquier lugar del mundo. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948 por la Organización de las Naciones Unidas, debe cumplirse a rajatabla. A veces olvidamos que esos treinta artículos no son meras sugerencias, sino el "cortafuegos" que la humanidad construyó tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial para evitar caer de nuevo en el abismo.
Los mensajes que recibo de mi brújula ética son claros y rotundos: "no podemos saltarnos las normas que nos hemos dado para favorecer la convivencia", "no podemos ignorar el derecho internacional", "no podemos ejercer el poder de manera indiscriminada contra nadie y, mucho menos, contra los más indefensos y vulnerables", "no podemos desafiar los valores que nos definen como sociedad civilizada", "los derechos humanos no conocen fronteras ni ideologías", "los derechos humanos son inherentes a las personas, no una concesión de ningún gobierno", "la dignidad humana es el valor absoluto que debe estar por encima de la conveniencia política o la geografía", "la fuerza de una nación no reside en la potencia de su arsenal, sino en la firmeza con la que protege la dignidad de quienes no tienen nada que ofrecerle a cambio".
Aunque vivimos en tiempos de polarización y vigilancia digital, expresar el deseo de que se respeten los derechos humanos y se cumpla la legalidad internacional es defender los valores democráticos que garantizan nuestra libertad de expresión. No dejemos que el cinismo y los silencios incomprensibles de algunos personajes nos haga perder la fe en esas normas de convivencia. Son lentas y, a veces, parecen frágiles. Pero son lo mejor que tenemos para evitar que la ley del más fuerte sea la única que prevalezca. El verdadero peligro no es sentir impotencia, sino dejar de sentirla. El día que esa retórica cínica ya no nos irrite, habremos normalizado lo inaceptable. Los "servicios de inteligencia" y las "listas negras" son miedos reales que alimentan el silencio, pero el silencio es precisamente el terreno donde mejor crecen los abusos de poder.
Es curioso cómo las palabras más nobles (la defensa del vulnerable o la universalidad de los derechos) pueden ser utilizadas como disfraz por quienes menos las respetan. Sin embargo, que alguien utilice esos conceptos para ocultar sus actos no los ensucia; al contrario, demuestra lo necesarios que siguen siendo y resalta lo urgente que sigue siendo reclamarlos. Mantener la brújula limpia en tiempos de niebla es un trabajo diario, pero es el único que garantiza que no nos perdamos como sociedad. Porque la ley del más fuerte que tratan de imponer esos personajes que tanto daño nos están haciendo solo gana cuando dejamos de defender la dignidad humana. Y la dignidad no se negocia.
Durante estos días de procesiones y rituales en la calle, ¿qué diría hoy Jesús de Nazaret, el Dios que imploran las tres religiones monoteístas? ¿Se callaría? Pues no: criticaría la hipocresía de quienes celebran la liturgia pero olvidan el mensaje de defensa del vulnerable que él representaba.
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