Opinión | El espejo de tinta
Turismo pornográfico
OPINIÓN | La excursión a Cuba de Pablo Iglesias y un nutrido grupo de portavoces internacionales del más añejo neocomunismo, puede pasar a ocupar lugar preeminente en los anales de la historia de la desfachatez

Los miembros de la flotilla a Cuba Clara López, Pablo Iglesias, Jeremy Corbyn, David Adler, Gerardo Pisarello y Hasan Piker.
La excursión a Cuba de Pablo Iglesias y un nutrido grupo de portavoces internacionales del más añejo neocomunismo, puede pasar a ocupar lugar preeminente en los anales de la historia de la desfachatez y de la insensibilidad o, como se dice ahora, de la carencia de empatía.
La excusa, llevar veinte toneladas de alimentos y otros bienes de consumo al pueblo cubano, exangüe tras sesenta y siete largos años de éxito comunista, un sistema político que como ha sido una y otra vez probado en distintos lugares y para desgracia de todas sus víctimas, sólo puede ser mantenido bajo régimen de dictadura. Como leí recientemente, Cuba, como antes la Unión Soviética, no es un ejemplo del fracaso del comunismo, sino el resultado de su éxito. Veinte toneladas cuyo valor es inferior al coste de los billetes de avión de la expedición o de los hoteles internacionales en los que se alojan quienes quieren para los demás lo que no tolerarían para sí mismos.
En realidad no van para llevar nada para quienes pasan hambre, carencias de todo tipo o tienen que venderse o vender a sus hijas por unos insignificantes pesos o por cuatro regalos de bazar barato. Van a llevar oxígeno y apoyo a unos tiranos que se asoman al precipicio de sus horas más bajas por la decisión estadounidense de poner a los castristas ante el espejo de su propia ignominia y ante los ojos y los brazos anhelantes de libertad del pueblo cubano.
Asco dan los aviones que aterrizan desde hace décadas en Cuba portando rebaños de depredadores en busca de la carne más barata del mercado sexual. No menos lo produce ver a Iglesias, macho alfa pastor de las mujeres que lo rodean y redentor de los pobres, pasearse por La Habana en compañía de sus colegas económicamente desahogados e ideológicamente enfermos. Cantando alegremente el Guantanamera en vehículos aportados y escoltados por los tiranos a modo de visita a parque temático. Grabando vídeos para blanquear a la dictadura. Si a lo primero se le llama, por no decirlo con su verdadero nombre, turismo sexual, lo segundo no puede denominarse con un término más suave que el de turismo pornográfico.
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