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Opinión | Siete días y un deseo

¿A quién vota usted?

Hay preguntas que parecen inocentes y, sin embargo, incomodan más que un interrogatorio. Desde que se convocaron las elecciones autonómicas en Castilla y León, esa pregunta me persigue con una insistencia casi detectivesca.

Un ciudadano ejerce su derecho en las urnas.

Un ciudadano ejerce su derecho en las urnas. / Efe

Hay preguntas que parecen inocentes y, sin embargo, incomodan más que un interrogatorio. Desde que se convocaron las elecciones autonómicas en Castilla y León, esa pregunta me persigue con una insistencia casi detectivesca. No sé si a usted, estimado lector, le sucede algo similar: que lo persigan hasta el infinito para arrancarle, por fin, una respuesta. "Pues yo lo digo claramente, sin rodeos. No me importa que la gente lo conozca. Yo siempre he votado a los mismos. A los mejores. Yo soy de derechas. Y a mucha honra". Lo dijo sin titubeos una señora de 77 años, con la serenidad de quien ha vivido lo suficiente como para no pedir permiso. Está encantada en la residencia: la tratan bien, no le falta de nada, aunque echa en falta a las personas que recuerda con cariño como el marido, los amigos y un hijo que quedó en el camino por circunstancias muy extrañas. "Yo no diré nunca a quién voto. Nadie tiene por qué saber si eres de unos o de otros", le respondió un señor de ochenta años, sentado en su silla de ruedas y con un apetito sorprendente que me llamó la atención. Siempre comió bien y, según nos contó, "para cuatro días que nos quedan, hay que aprovecharlos".

"Aquí se conocen bastante bien y saben perfectamente a quién vota cada uno. Pondría la mano en el fuego y no me quemaría", nos relataba una trabajadora que lleva media vida dedicada a las personas mayores en residencias de las provincias de Zamora, León, Salamanca y Valladolid, donde comenzó su historia laboral. "En los pueblos se conocen desde que son chavales, han compartido media vida y, cuando llegan las elecciones, hablan entre ellos e incluso se pican cuando escuchan cosas que no quieren oír de unos u otros", apuntaba otra cuidadora con larguísima trayectoria profesional. "En estas zonas del oeste la gente es más conservadora. Siempre lo ha sido. Hay razones sociológicas que lo explican, como el tipo de trabajos que han desempeñado y el entorno en que se ha vivido, que marca mucho más de lo que pensamos. Si hubieran sido emigrantes, votarían de modo muy diferente", concluía con convicción. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo. "No sé, no sé. Yo tengo mis dudas", matizaba otra colega. "Pienso como tú. Tal vez eso era en otros tiempos, pero ahora no lo tengo claro", remataba otra trabajadora que escuchaba atentamente y que no había abierto la boca.

Lo relatado forma parte de un proyecto de investigación muy ambicioso sobre la vida cotidiana en residencias del medio rural de Castilla y León. Los fragmentos proceden de Zamora. Si los utilizo aquí es para avivar el ambiente y para que, si ustedes lo desean, respondan ahora mismo a la pregunta del título, aunque imagino que harán lo mismo que haría yo: actuar como un zorro. "Aquí hay personas que son como zorros: observan mucho y hablan poco. Se las saben todas. Tienen picardía. Son de pueblo", escuchamos decir a una de las cuidadoras. Cuando oí la comparación, entendí que era más que una ocurrencia. Recordaba la definición de zorro que recoge el diccionario de la Real Academia Española: "Persona muy taimada, astuta y solapada". También algunos sinónimos: ladino, pícaro, cuco. Y entendí mejor la escena. Porque, en medio del ruido constante, el silencio es una forma de protección y sabiduría. Tal vez los más sabios sean quienes observan, escuchan y callan. En las residencias y en los pueblos, lejos de las tertulias encendidas, el voto sigue siendo lo que siempre fue: un acto íntimo. Y los zorros, ya se sabe, nunca revelan el camino por el que van a escapar.

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