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Opinión

Zamora, ciudad alegre

OPINIÓN | "Mientras nos repetimos que "Zamora es alegría", los comercios bajan la persiana sin relevo, los jóvenes hacen y deshacen maletas como si fuera un rito de paso inevitable y el talento se marcha sin que nadie parezca dispuesto a retenerlo"

Zamora. Colocación luces de navidad

Zamora. Colocación luces de navidad / Miguel Ángel Lorenzo / LZA

Acabamos de guardar las luces de Navidad -esas que cada año intentan convencernos de que seguimos siendo una ciudad vibrante- y ya estamos preparando los carnavales, con murgas que en Zamora afinan justo en la nota que más duele. Después llegará la Semana Santa, que aquí no se anuncia, se respira. Luego San Pedro, con su alegría fugaz, después unas fiestas de septiembre que llenarán plazas y agendas, pero que no alcanzan a llenar el vacío de fondo, y, casi sin darnos cuenta, volveremos a sacar los belenes. Zamora avanza de celebración en celebración, como si el calendario pudiera disimular lo que ocurre entre una fecha señalada y la siguiente.

Y entre medias ocurre poco. Ocurre demasiado poco.

Mientras nos repetimos que "Zamora es alegría", los comercios bajan la persiana sin relevo, los jóvenes hacen y deshacen maletas como si fuera un rito de paso inevitable y el talento se marcha sin que nadie parezca dispuesto a retenerlo. No existen políticas de vivienda que permitan a la juventud quedarse, ni medidas que faciliten emprender, ni un plan serio para fijar población. La natalidad cae sin que el Ayuntamiento apruebe ayudas directas, el envejecimiento avanza y el censo solo crece gracias a la inmigración, bienvenida y necesaria, pero insuficiente para sostener una ciudad que se vacía por dentro.

En ese escenario, el concejal de Festejos y de Comercio, el Sr. Gago, se aferra al mantra de "Zamora, ciudad alegre", como si repetirlo pudiera sustituir a una política real. Como si la ciudad pudiera sostenerse solo con luces, brillos y charangas. Como si la alegría, por sí sola, pudiera convertirse en una estrategia.

Zamora es una ciudad alegre porque su ciudadanía sostiene esa alegría, incluso cuando la realidad no acompaña. Porque aquí, la calma convive con la ironía y la retranca es casi una forma de resistencia, una manera de protestar en silencio mientras seguimos adelante. Y somos una ciudad alegre porque atesoramos un potencial inmenso: patrimonio, calidad de vida, entorno natural, cultura, historia, gastronomía. Lo tenemos todo… menos un proyecto de futuro.

Y ahí está el verdadero punto de inflexión. Porque la alegría, la algazara, la tradición de celebrarnos a nosotros mismos constituyen un valor en sí mismo. El problema es que, entre celebración y celebración, nadie parece dispuesto a asumir la responsabilidad de pensar en el mañana. No hay una brújula que marque un rumbo, ni una estrategia que conecte lo que somos con lo que podríamos ser. Y una ciudad sin horizonte acaba viviendo de palabras gastadas y de inercias.

Y lo más preocupante es que esa ausencia de horizonte no parece fruto de un descuido, sino de una renuncia. Una renuncia a gobernar más allá del calendario festivo. Porque mientras nos deslumbran con el oropel navideño, nos envuelven con el eco de las charangas o se amparan en la solemnidad de la Semana Santa para proyectar una imagen de vitalidad, la ciudad sigue a la deriva. Zamora no necesita más eslóganes ni más fotos de inauguraciones menores, ni más anuncios de planes que nunca llegan a ejecutarse, ni más obras mal planteadas que terminan generando más dudas que soluciones. Lo que necesita son decisiones valientes, políticas que miren a diez o veinte años vista, y un Ayuntamiento que entienda que gestionar no es lo mismo que liderar.

Porque una ciudad no se sostiene solo con esplendor festivo, con un decorado bonito pero vacío, sino con lo que construye entre celebración y celebración. Y ahí es donde Zamora se juega su futuro, después de décadas de despoblación sostenida, de oportunidades que se han ido marchitando y de generaciones enteras obligadas a buscar fuera lo que aquí no encontraron. No podemos permitir que la inercia siga dictando nuestro destino, ni que la falta de ambición institucional se convierta en una condena silenciosa. Merecemos algo más que un calendario repleto de actos: un proyecto que dé sentido a cada esfuerzo, que convierta el potencial en oportunidades reales y que haga de esta tierra un lugar donde quedarse no sea un acto de resistencia, sino una elección natural.

Zamora no puede conformarse con una política que se limite a encadenar celebraciones mientras el futuro se queda en pausa y los problemas de fondo se acumulan. Celebrar forma parte de nuestra identidad, pero una ciudad no se gobierna solo administrando festejos ni confiando en que la agenda cultural supla las carencias estructurales. Hace falta una política valiente, capaz de mirar más allá del calendario y de centrarse en lo que de verdad construye futuro.

Ha llegado el momento de dejar de celebrar lo que somos y empezar, por fin, a construir lo que queremos ser.

Rocío Ferrero es concejala de Zamora Sí en el Ayuntamiento de Zamora

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