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Opinión | La palabra

Dar plenitud: Una manera de ser, de vivir y, sobre todo, de amar

"No he venido a abolir, sino a dar plenitud" (Mt 5, 17).

No he venido a abolir, sino a dar plenitud.

No he venido a abolir, sino a dar plenitud.

El Evangelio de este domingo forma parte del llamado sermón de la montaña, la primera gran predicación de Jesús. Se aborda la actitud de Jesús respecto a la ley judía. Él afirma: "No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud" (Mt 5, 17). Jesús, sin embargo, no quiere cancelar los mandamientos que manifestó Dios por medio de Moisés, sino que quiere darles plenitud, que requiere una justicia mayor, con un cumplimiento más auténtico: "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 5, 20).

¿Pero qué significa esta plenitud de la ley? Y esta justicia mayor, ¿en qué consiste?

Jesús nos invita a ir a lo esencial, a lo que ilumina todo lo demás, a aquello que sin la sal o sin la luz lo convierte en un sin sentido, en una esclavitud insoportable. Y lo esencial, como expresó el papa Francisco en Evangelii Gaudium es "responder al Dios amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos".

Jesús enseña que la relación con Dios no puede ser un apego frío a normas y leyes, ni tampoco a un cumplimiento de ciertos actos externos, o de costumbres o tradiciones que no llevan a una transformación auténtica de nuestra vida cristiana.

Vivimos en tiempos donde el sentimentalismo ha secuestrado la razón y donde la emoción vale más que la verdad. Y cuando una verdad se presenta a medias, termina siendo una mentira disfrazada. Y Dios lo dice con claridad: "¡Ay de los que llaman bien al mal, y al mal bien!" (Is 5,20).

No podemos vivir en una doble moral enfermiza donde se condena la injusticia social, pero se celebra la inmoralidad. Eso no es justicia, es hipocresía. El cristiano no está llamado a vivir de emociones sino de verdad. Y es que el mal, representado en el demonio, no se presenta bajo el cliché de un ser con cuernos y tridente. Se presenta con aplausos, con discursos hermosos, con afán de poder maquillado de causas nobles… pero con veneno escondido. La Escritura lo advierte: "Satanás se disfraza como ángel de luz" (2 Cor 11,14).

Desgraciadamente, hoy ese legalismo sigue presente en muchas partes. Fingir virtud o devoción es una tentación que acecha al hombre. La expresión: "yo no mato, ni robo, ni hago mal a nadie", demuestra que no se ha entendido el evangelio. Pues no se trata solo de no robar, sino de compartir o desprenderse generosamente.

De todo esto se comprende que Jesús va a la raíz de la ley, al corazón del hombre, donde tienen origen nuestras acciones: el amor. "Ama, y haz lo que quieras" decía san Agustín, y es que la fe no es una cuestión de medidas, es una manera de ser, de vivir, de relacionarse, en definitiva, de amar.

A la luz de esta enseñanza, cada precepto revela su pleno significado como exigencia de amor, y todos se unen en el más grande mandamiento: ama a Dios con todo el corazón y ama al prójimo como a ti mismo.

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