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Opinión

Santiago Moral

Conducir o sobrevivir en la N-122

OPINIÓN | Cada kilómetro se convierte en una pantalla donde las líneas continuas, los radares, los adelantamientos de infarto, los baches, las obras o los animales salvajes se transforman en pruebas mal diseñadas

Un autobús adelanta a dos turismos en uno de los días de temporal en la N-122.

Un autobús adelanta a dos turismos en uno de los días de temporal en la N-122. / S. M.

Cualquier alistano puede dar fe de que circular por la maldita N-122 ya no es conducir; se parece más a jugar a un videojuego de supervivencia, pero sin botón de reinicio y con la única recompensa de dejarse el coche —o algo peor— por el camino.

Cada kilómetro se convierte en una pantalla donde las líneas continuas, los radares, los adelantamientos de infarto, los baches, las obras o los animales salvajes se transforman en pruebas mal diseñadas. No existe la pausa, no hay segunda oportunidad y, muchas veces, solo queda un mal final.

Son muchos los años que llevamos reivindicando una autovía y pocas las esperanzas. Son demasiadas las vidas que se han quedado en el asfalto y preocupantes las estadísticas a futuro. Son muchas las personas que arriesgan a diario y pocos accidentes para lo peligrosa que está la carretera y es mucha la desesperación de un pueblo que merece mucho más respeto y dignidad.

No es solo que parezca imposible la construcción de la autovía que una España y Portugal con la dignidad que ya demostraron nuestros vecinos; es que ahora también tenemos que luchar por el mantenimiento de una vía donde los accidentes por baches en los que cabe un melón son constantes. Los vehículos en la cuneta se han convertido casi en el nuevo paisaje habitual de la transfronteriza.

A esta gymkana absurda se suma otro obstáculo: kilómetros y kilómetros de línea continua, una barrera artificial que convierte cualquier adelantamiento en misión imposible. Ir atrapado detrás de camiones pesados, uno tras otro, formando caravanas eternas que ralentizan el tráfico y multiplican la frustración, es parte del día a día. El "nivel" se vuelve aún más difícil cuando el tráfico pesado es constante, porque la N-122 se ha convertido en una vía castigada por el paso continuo de vehículos de gran tonelaje. Pero, a todo se le suman los radares, fijos y móviles, colocados precisamente en los pocos tramos donde existe alguna posibilidad de agilizar el tráfico. Ya no es suficiente con el abandono y la falta de recursos para la comarca; además, la carretera parece haberse convertido en una caja registradora para sufragar otros caprichos a nivel nacional.

La N-122 no vende, no luce y no interesa. Está en Aliste, una comarca que parece condenada a ser la pantalla olvidada del mapa, esa zona que los gobiernos pasan por alto como si no existiera, como si sus vecinos merecieran menos seguridad, menos atención y menos futuro.

Cualquier alistano puede contar alguna anécdota en la dichosa nacional. Y lo peor es que, a diferencia de los videojuegos, aquí no puedes apagar la consola cuando te cansas. Aquí cada viaje es real, cada bache es real y cada decisión mal tomada puede tener consecuencias que ningún gobierno parece dispuesto a asumir.

Seguiremos reivindicando, seguiremos maldiciendo, esperando a que el número de vidas perdidas sea lo suficiente indignante como para merecer, aunque sea, un pequeño porcentaje del presupuesto nacional.

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