Opinión | Siete días y un deseo
La cadena humana
OPINIÓN | "Al escucharlo por la radio, percibí un golpe de autoridad que valoré profundamente. Pensé entonces en otras tragedias recientes y en las más de doscientas víctimas de la Dana que quizá podrían haberse salvado con una gestión guiada por el sentido común"

Juanma Moreno alerta sobre el impacto económico "millonario" por el temporal en Andalucía
Las lluvias que no dan tregua están dejando escenas que sobrecogen. Jamás había visto que el agua saliera por los enchufes de las casas; que Grazalema, uno de los pueblos más bonitos de España, se viera asediado pese a alzarse sobre rocas calizas; o que un presidente de una comunidad autónoma —en este caso, Juan Manuel Moreno— fuera tan tajante al dar las órdenes de desalojo. Al escucharlo por la radio, percibí un golpe de autoridad que valoré profundamente. Pensé entonces en otras tragedias recientes y en las más de doscientas víctimas de la Dana que quizá podrían haberse salvado con una gestión guiada por el sentido común. No meteré el dedo en el ojo, pero cada vez que recuerdo aquello, se me encoje el corazón.
Y surgen las preguntas: ¿tenemos que esperar a que lleguen las catástrofes para poner en marcha acciones de prevención? ¿No sabemos ya que cualquier país que se precie debe contar con planes integrales que contemplen prevención, protección y reparación? No es una idea revolucionaria: se explica en las aulas universitarias y forma parte del manual básico de la buena gestión pública.
Lo bueno es que los humanos también tenemos otra cara. Si ya conocíamos la cruz —las penalidades y los sinsabores—, estos días estamos contemplando la otra vertiente: lo mejor de la humanidad. Mientras escribo estas palabras, veo en la televisión la ayuda que los vecinos de Ronda están prestando a los grazalemeños desalojados. En un pabellón de deportes opera un auténtico ejército de voluntarios, personas sin ningún tipo de uniforme que, tras unas mesas, reparten dignidad en forma de alimentos, agua, ropa o medicamentos. Es una cadena humana que me ha dejado, una vez más, con la boca abierta.
No es la primera vez que observo algo parecido. Aquí, por ejemplo, durante los terribles fuegos de la Sierra de la Culebra en 2022, las pruebas de solidaridad quedaron impresas en el ADN de nuestros pueblos. Cuando los recorro de nuevo, me devuelven la memoria de lo vivido entonces: voluntarios de los propios municipios, de Protección Civil, de Cruz Roja, etc., dando lo mejor de sí mismos. Ese ejercicio de altruismo, de ayuda desinteresada y de protección al prójimo siempre me ha conmovido. ¡Chapó por quienes lo practican!
¿Y ahora, qué? Espero y deseo que hayamos aprendido las lecciones de estas calamidades. No pueden repetirse errores de bulto: prometer y no cumplir; lanzar campanas al vuelo para que el sonido se olvide al poco tiempo; o hacerse la foto de rigor en el barro para no volver jamás a acompañar a la gente. Lo que reivindico es algo muy simple: dedicar todos los recursos necesarios para proteger el territorio y reparar sus desgarros. España es un país que puede permitirse destinar medios suficientes para paliar cuanto antes los daños de los últimos tiempos, ya sean inundaciones, descarrilamientos o incendios.
"¿Y quién paga todo esto?", me lanzó a la cara un personaje cuyo nombre recordar no quiero. Le respondí con firmeza: "Pues tú y yo. Pero, sobre todo, quienes más tienen y viven a nuestra costa". Se dio media vuelta y me dejó plantado. En ese momento supe que la cadena humana había perdido un eslabón. Qué pena. n
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