Opinión | Zamoreando
Impagable
OPINIÓN | Estas personas, posiblemente sin saberlo, ayudan a pasar el rato, hacen más agradable la espera, muestran lo que hoy tanto cuesta mostrar, empatía, solidaridad, cercanía, afecto

Paciente de cáncer de mama. / Europa Press
La labor que en los centros hospitalarios realiza la Asociación Española Contra el Cáncer es impagable. Como son impagables todos los servicios que presta a una ciudad y provincia como la nuestra. Además del acompañamiento, tan necesario, además del consejo, de la palabra cariñosa, de la actitud, es cuestión de actitud, que tienen para con los ingresados en los hospitales por causas oncológicas, hay un servicio en el cual hoy me quiero detener.
Supongo que son voluntarios, se trata de un caballero y una dama a los que me sería imposible reconocer porque, como es preceptivo, llevan mascarilla. Tendría que fijarme en sus ojos y tratar de reconocer sus voces porque la mascarilla amortigua los distintos tonos de voz. Son dos personas amables, extraordinarias, que portan un carrito con agua, con caramelos, con galletas, con todo lo que en un momento puede ayudar a saciar momentáneamente el hambre y a calmar la sed, incluso a sacar de un apuro cuando la tos se pone pesada.
Supongo que van y vienen por las distintas plantas, en este caso del Hospital Provincial, donde hay pacientes oncológicos. Pero es que también ofrecen de corazón, todo aquello que llevan a quienes aguardan pacientemente su turno para el médico o el enfermero. En cuanto ven a una o varias personas sentadas en situación de espera, no se lo piensan dos veces, se detienen, regalan una sonrisa que se aprecia en la mirada, palabras amables y el ofrecimiento. “¿Una botellita de agua? ¿Una galleta? ¿Un caramelico? E incluso los tres a la vez, agua, galletas y caramelo.
Estas personas, posiblemente sin saberlo, ayudan a pasar el rato, hacen más agradable la espera, muestran lo que hoy tanto cuesta mostrar, empatía, solidaridad, cercanía, afecto. Lo hacen sin pedir el DNI, sin hacer preguntas que pueden resultar incómodas, lo hacen por el mero hecho de ayudar, de acompañar, de empatizar. Hoy, quiero darles las gracias, haciendo público lo que ellos hacen con una generosidad inmensa. No recuerdo sus nombres, y bien que lo siento, porque a los voluntarios hay que hacerles periódicamente un reconocimiento a título individual y también colectivo.
También a quien esto escribe, en alguna que otra ocasión, mientras esperaba, me ofrecieron agua sin ser parte de sus destinatarios. Gracias. No dejen de hacer camino al andar y al amar. Esa es una buena manera.
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