Opinión
El conquero inmortal
OPINIÓN | "Que la respeten los vándalos . Porque se queda en la plaza para recordarnos, cuando no hay procesiones ni cornetas, que la fe que no se traduce en caridad concreta acaba siendo ruido vacío"

El conquero inmortal
Hay gestos que no pasan. Que no se disuelven en el aire del tiempo ni se consumen en la fugacidad de una procesión. Hay gestos que se quedan. Toro ha decidido que uno de los suyos —antiguo, humilde, incómodo— no vuelva a desaparecer entre la multitud. Y por eso ahora el conquero tiene cuerpo de bronce , altura de historia y silencio de siglos.
La inauguración de la estatua del conquero, en la plazuela de la Cofradía de Jesús Nazareno y la Soledad , no fue un acto más del calendario cultural. Fue una confesión pública: Toro reconoce en esta figura una de las claves más hondas de su Semana Santa y, quizá, de su conciencia colectiva. No es casual que el frío acompañara la mañana ni que el cielo dudara entre abrirse o permanecer encapotado. Tampoco lo es que todo comenzara con una corneta y un silencio por las víctimas del dolor reciente. La Semana Santa en Toro siempre empieza así: llamando y callando.
El conquero no es un figurante. Nunca lo fue. Tampoco un folclore simpático al que se tolera por costumbre. El conquero es heraldo, penitente, voz sin palabras. Su sonido áspero no acaricia: despierta. Golpea el suelo para recordar que la fe no flota, que camina. Y cuando extiende la conca , esa humilde mortera de madera, heredera de lo cotidiano, utilizada antiguamente para catar el vino , no pide limosna como quien mendiga, sino como quien interpela. Porque la limosna, en la tradición cristiana más antigua, no es beneficencia: es justicia.
Por eso la estatua de José Antonio Samaniego no representa solo a un hombre. Representa una función, una misión, un modo de estar en la ciudad. El conquero no mira al cielo; mira a la calle. No alza la voz; golpea el suelo. No explica; insiste. Su rostro es anónimo porque podría ser cualquiera, porque cada año otros cuatro —y ahora también este quinto, inmóvil y elocuente— asumen el juramento de silencio para convertirse en signo.
La Semana Santa de Toro, documentada desde el siglo XV, no se entiende sin esta aspereza evangélica. Frente a la tentación de una religiosidad decorativa, los conqueros recuerdan que la Pasión se vive pidiendo, compartiendo, cargando. Su petición no humilla: compromete. El que da no queda por encima; queda implicado. La conca recoge monedas, sí, pero sobre todo recoge conciencia.
El apodo popular de “cagalentejas”, lejos de desvirtuar la figura, la ancla aún más en el pueblo. La tradición cuenta que los abades ofrecían lentejas a los postulantes antes de iniciar su cometido. Lentejas: alimento pobre, bíblico, esencial. Como si el cuerpo tuviera que recordar, antes de salir a la calle, que no se puede pedir sin haber compartido mesa, ni reclamar justicia sin haber probado la humildad.
En la bendición del Jueves Santo, tras el tañido de las campanas de la Torre del Reloj, los conqueros reciben la insignia con las iniciales JHS y la conca. Desde ese momento, ya no se pertenecen. Recorren las parroquias, atraviesan las calles, golpean el suelo y avanzan. No explican nada, pero lo dicen todo. Su gesto es incómodo porque cuestiona. ¿Qué haces tú con lo que tienes? ¿Qué lugar ocupa el pobre en tu fe?
La estatua inaugurada este enero no petrifica la tradición: la vigila. Que la respeten los vándalos . Porque se queda en la plaza para recordarnos, cuando no hay procesiones ni cornetas, que la fe que no se traduce en caridad concreta acaba siendo ruido vacío. El conquero de bronce seguirá pidiendo incluso cuando nadie pase. Y quizá ahí esté su mayor profecía.
No estaría de más alguna otra obra de la misma factura y con los mismos mimbres colectivos ( o más ) para fijar la memoria tan rica de otras figuras en mi ciudad
Toro ha hecho algo más que homenajear una figura singular de su Semana Santa. Ha puesto en pie, a la vista de todos, una pregunta. Una que no se responde con aplausos ni discursos. Una que se responde, como siempre, a pie de calle, con la mano abierta y el corazón despierto.
Porque mientras haya un conquero golpeando el suelo —o recordándolo desde el bronce— la Pasión seguirá siendo presente. Y la limosna, cuando nace del Evangelio, seguirá siendo lo que siempre fue: una forma humilde de hacer justicia.
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