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Opinión

Rosa Lemos Bailón

Carta abierta de una madre: cuando la justicia decepciona y el dolor permanece

Esta es la historia de mi hijo David. Escribirla me desgarra el alma, pero es necesario que se sepa la verdad. Lo hago porque la justicia en la que confiaba me ha decepcionado, y siento que el sistema no siempre logra reparar el daño causado.

CARTAS

CARTAS

Esta es la historia de mi hijo David. Escribirla me desgarra el alma, pero es necesario que se sepa la verdad. Lo hago porque la justicia en la que confiaba me ha decepcionado, y siento que el sistema no siempre logra reparar el daño causado.

David perdió la vida el 25 de septiembre de 2019 en un accidente de tráfico. Pero yo siento que a mi hijo lo empecé a perder mucho antes. Cuando David tenía solo 12 años, un adulto de 29 años —a quien llamaré R.— entró en su vida a través de las redes sociales. R. le pintó un mundo de facilidades, dinero sin esfuerzo y "libertad", alejándolo poco a poco de sus estudios, de su familia y de su entorno saludable.

Como madre, intenté todo para protegerlo. Pero la influencia de un adulto sobre un niño puede ser devastadora. R. logró aislarlo, manipularlo y finalmente llevárselo a su terreno. Intenté hacerle ver que aquella amistad no era entre iguales. A mi juicio, R. mostraba una necesidad de control, buscando relacionarse con chicos más jóvenes, quizá —y es mi opinión de madre— porque le resultaba más fácil ejercer liderazgo sobre ellos que sobre personas de su edad.

Yo pensé que aquella etapa había pasado, que R. se había alejado, pero me equivoqué. Un día, hablando con David sobre sus estudios, me dijo que quería trabajar, que R. le había ofrecido empleo y que lo más seguro es que se marchara con él a la otra punta de España, a Zamora. Mi hijo ya tenía entonces 18 años, y legalmente no podía impedírselo.

—¡Otra vez, David! —le dije—. ¿No te das cuenta de que no es una influencia positiva para ti?

Le supliqué, le dije todo lo que pensaba sobre esa relación y le propuse mil alternativas antes de que se fuera: "Dejo los trabajos, vendemos lo que tenemos y comenzamos una vida nueva lejos de Granada, donde quieras, desde cero. Por favor, David, no te vayas con él. Si te vas, tengo el presentimiento de que algún día te traeré en una caja de pino".

David me miró y dijo lo de siempre: "Eres una exagerada". Por desgracia, y con todo el dolor de mi alma, el tiempo transformó aquel presagio en realidad.

El desenlace fatal ocurrió en una carretera recta, sin complicaciones de visibilidad. R. conducía el vehículo en el que viajaba mi hijo. Según consta en el atestado de la Guardia Civil y corroboraron los informes forenses, el conductor dio positivo en cocaína y cannabis. El vehículo impactó contra un camión que estaba debidamente señalizado, visible —según los peritos— a más de un kilómetro de distancia.

En ese siniestro murieron tres personas inocentes: Ángel, el conductor del camión; Mario, de 16 años, que iba en el asiento trasero y mi hijo David, cuyo airbag no se activó. El conductor del coche, R., sobrevivió.

A pesar de las pruebas de consumo de tóxicos y de las circunstancias del accidente, la respuesta judicial no ha estado a la altura del daño irreparable que hemos sufrido. No busco venganza, solo buscaba justicia. Mis abogados me aconsejaron ceñirme a los hechos probados del accidente, dejando de lado mi convicción materna de que hubo algo más que una simple imprudencia.

Hoy solo me queda la memoria de David, su risa y la certeza de que nadie podrá arrebatármelo de mis recuerdos. Escribo esto para que otros padres estén alertas: vigilen quién se acerca a sus hijos en redes sociales, porque hay influencias que, desgraciadamente, pueden ser letales. Y para expresar que, a veces, lo que la ley llama "accidente", para una madre es una condena de por vida mientras el responsable sigue adelante.

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